ROBERT BLOCH Biografia y Compilado De Relatos.pdf


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en las tinieblas: al regresar, me traería las pruebas. Al decir esto, dio unos pasos rápidos hacia
delante, desapareciendo casi inmediatamente en una de las excavaciones que nos precedían. Me
dejó tan de repente que no tuve ni tiempo de decirle que me oponía a su propuesta. Me senté en la
oscuridad y esperé, sin atrever a preguntarme qué era lo que esperaba. ¿Volvería Chaupin? ¿Era
todo un monstruoso engaño? ¿Estaba Chaupin loco, o todo era cierto? En ese caso, ¿qué podría
sucederle en aquel laberinto del fondo? ¿Y qué me pasaría a mí? Había sido un loco en venir, todo
el asunto era una locura. Quizás aquellos libros no eran tan absurdos como pensaba: la tierra puede
abrigar los secretos más horribles en su pecho sin piedad.
La luz arrojaba sombras sobre las paredes de estalactitas y se estrechaba alrededor del oscuro
círculo luminescente que procuraba mi pequeña antorcha. No me gustaban esas sombras: eran
retorcidas, enfermizas, desconcertadamente profundas. El silencio era aún más potente; parecía
insinuar cosas sin nombre que aún debían venir: se burlaba de manera intolerable de mi creciente
miedo y soledad. Los minutos se arrastraban como larvas y nada rompía aquella mortal quietud.
Entonces llegó el grito: un grito rápido, que iba en aumento, de inenarrable locura, brotó sobre el
aire sepultado, y sentí que mi alma se partía, pues sabía muy bien lo que aquel grito significaba.
Ahora sabía -ahora, cuando era demasiado tarde- que las palabras de Chaupin eran ciertas. Pero no
me atreví a detenerme a reflexionar, pues en seguida oí unas suaves pisadas que llegaban de lo más
profundo de las tinieblas, el crujiente escarbar de frenéticos movimientos. Me volví y subí corriendo
la escalera subterránea con la velocidad que da la más profunda desesperación. No necesitaba mirar
atrás; mis horrorizados oídos captaron claramente la cadencia de unos pies que corrían. No oía nada
más que el clamor de esos pies o zarpas hasta que mi aliento raspaba en mis oídos cuando daba la
vuelta a la primera espiral de aquellas interminables escaleras. Me tambaleé hacia arriba, jadeando,
ahogándome: una verificación en mi alma que consumía cualquier pensamiento, excepto el del
miedo mortal y la risa de horror. ¡Pobre Chaupin!
Me parecía que los ruidos se acercaban cada vez más; luego brotó un ronco aullido en las escaleras
directamente debajo de mí. Un bestial aullido que me dejó extenuado con sus tonos infrahumanos,
acompañado de una risa nauseabunda y espantosa. ¡Estaban llegando! Seguí corriendo, al rítmico
trueno de los pasos de abajo. No me atrevía a mirar hacia atrás, pero sabía que se estaban acercando
al hueco de la escalera. Los cabellos se erizaron en mi nuca, mientras aceleraba el tramo de escalera
sin fin que se retorcía como una serpiente en la tierra. Me afanaba con dificultad y chillé con todas
mis fuerzas, pero los horrorosos aullidos me pisaban los talones. Arriba, arriba, arriba, más cerca,
más cerca, más cerca, mientras mi cuerpo ardía de angustia y espanto. Por fin se terminaron las
escaleras y yo trepaba locamente por la estrecha abertura mientras los monstruos corrían por la
oscuridad a pocos pasos de mí. Llegué cuando la luz de mi casco se apagaba; luego, atasqué la
piedra en su sitio, lleno aún de los rostros de los primeros horrores que se adelantaban. Pero al
hacerlo, la moribunda luz llameó por un segundo y pude ver al primero de mis perseguidores al
resplandor de la luz. Luego se apagó. Cerré de golpe el portal y pude llegar tambaleándome al
mundo de los mortales.
Nunca olvidaré aquella noche, por más que quisiera borrar aquellos espantosos recuerdos; nunca
más encontraré el sueño que tanto ansiaba. No me atrevo ni a matarme por temor a que me entierren
en lugar de ser quemado; aunque la muerte sería bien recibida por lo que he llegado a ser. Nunca lo
olvidaré, pues ahora conozco toda la verdad del asunto; pero hay un recuerdo por el que daría
incluso mi alma para conseguir borrarlo para siempre de mi cerebro, aquel momento loco cuando vi
a los monstuos a la luz de la antorcha: la risa, los babeantes horrores de abajo.
¡Pues el primero y principal de todos fue la risa del malvado monstruo conocido por los hombres
como el Profesor Chaupin!
EL VAMPIRO ESTELAR - The shambler from the stars