ROBERT BLOCH Biografia y Compilado De Relatos.pdf


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lengua, la dulce caricia de una podrida mortaja sobre mi cuerpo. Anhelaba hacer mías las vivencias
que yacen latentes en el fondo de los ojos vacíos de las momias, y ardía en deseos de aprender la
sabiduría que sólo el gusano conoce. Entonces podría escribir la verdad, y mis esperanzas se
realizarían cabalmente. Busqué el modo de conseguirlo. Serenamente, comencé a escribirme con
pensadores y soñadores solitarios de todo el país. Mantuve correspondencia con un eremita de los
montes occidentales, con un sabio de la región desolada del norte, y con un místico de Nueva
Inglaterra. Por medio de éste, tuve conocimiento de algunos libros antiguos que eran tesoro y
reliquia de una ciencia extraña. Primero me citó con mucha reserva, algunos pasajes del legendario
Necronomicón, luego se refirió a cierto Libro de Eibon, que tenía fama de superar a los demás por
su carácter demencial y blasfemo. Él mismo había estudiado aquellos volúmenes que recogían el
terror de los Tiempos Originales, pero me prohibió que ahondara demasiado en mis indagaciones.
Me dijo que, como hijo de la embrujada ciudad de Arkham, donde aún palpitan y acechan sombras
de otros tiempos, había oído cosas muy extrañas, por lo que decidió apartarse prudentemente de las
ciencias negras y prohibidas.
Finalmente, después de mucho insistirle, consintió de mala gana en proporcionarme los nombres de
ciertas personas que a su juicio podrían ayudarme en mis investigaciones. Mi corresponsal era un
escritor de notable brillantez; gozaba de una sólida reputación en los círculos intelectuales más
exquisitos, y yo sabía que estaba tremendamente interesado en conocer el resultado de mi iniciativa.
Tan pronto como su preciosa lista estuvo en mis manos, comencé una masiva campaña postal con el
fin de conseguir libros deseados. Dirigí mis cartas a varias uiversidades, a bibliotecas privadas, a
astrólogos afamados y a dirigentes de ciertos cultos secretos de nombres oscuros y sonoros. Pero
aquella labor estaba destinada al fracaso. Sus respuestas fueron manifiestamente hostiles. Estaba
claro que quienes poseían semejante ciencia se enfurecían ante la idea de que sus secretos fuesen
develados por un intruso. Posteriormente, recibí varias cartas anónimas llenas de amenazas, e
incluso una llamda telefónica verdadramente alarmante. Pero lo que más me molestó, fue el darme
cuenta de que mis esfuerzos habían resultado fallidos. Negativas, evasivas, desaires, amenazas....
¡aquello no me servía de nada! Debía buscar por otra parte. ¡Las librerías! Quizá descubriese lo que
buscaba en algún estante olvidado y polvoriento. Entonces comencé una cruzada interminable.
Aprendí a soportar mis numerosos desengaños con impasible tranquilidad. En ninguna de las
librerías que visité habían oído hablar del espantoso Necronomicón, del maligno Libro de Eibon, ni
del inquietante Cultes des Goules.
La perseverancia acaba por triunfar. En una vieja tienda de South Dearborn Street, en unas
estanterías arrinconadas, acabé por encontrar lo que estaba buscando. Allí, encajado entre dos
ediciones centenarias de Shakespeare, descubrí un gran libro negro con tapas de hierro. En ellas,
grabado a mano, se leía el título, De Vermis Mysteriis , "Misterios del Gusano". El propietario no
supo decirme de dónde procedía el libro aquél. Quizá lo había adquirido hace un par de años en
algún lote de libros de segunda mano. Era evidente que desconocía su naturaleza, ya que me lo
vendió por un dólar. Encantado por su inesperada venta, me envolvió el pesado mamotreto, y me
despidió con amable satisfacción. Yo me marché apresudaramente con mi precioso botín debajo del
brazo. ¡Lo que había encontrado! Ya tenía referencias del libro. Su autor era Ludvig Prinn, y había
perecido en la hoguera inquisitorial, en Bruselas, cuando los juicios por brujería estaban en su
apogeo. Había sido un personaje extraño, alquimista, nigromante y mago de gran reputación;
alardeaba de haber alcanzado una edad milagrosa, cuando finalmente fue inmolado por el fiero
poder secular. De él se decía que se proclamaba el único superviviente de la novena cruzada, y
exhibía como prueba ciertos documentos mohosos que parecían atestiguarlo. Lo cierto es que, en
los viejos cronicones, el nombre de Ludvig Prinn figuraba entre los caballeros servidores de
Monserrat, pero los incrédulos lo seguían coniderando como un chiflado y un impostor, a lo sumo
descendiente de aquel famoso caballero.
Ludvig atribuía sus conocimientos de hechicería a los años en que había estado cautivo entre los