ROBERT BLOCH Biografia y Compilado De Relatos.pdf

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brujos y encantadores de Siria, y hablaba a menudo de sus encuentros con los djinns y los efreets de
los antiguos mitos orientales. Se sabe que pasó algún tiempo en Egipto, y entre los santones libios
circulan ciertas leyendas que aluden a las hazañas del viejo adivino en Alejandría. En todo caso,
pasó sus postreros días en las llanuras de Flandes, su tierra natal, habitando -lugar muy adecuadolas ruinas de un sepulcro prerromano que se alzaba en un bosque cercano a Bruselas. Se decía que
allí moraba en las sombras, rodeado de demonios familiares y terribles sortilegios. Aún se
conservan manuscritos que dicen , en forma un tanto evasiva, que era asistido por "compañeros
invisibles" y "servidores enviados de las estrellas". Los campesinos evitaban pasar la noche por el
bosque donde habitaba, no le gustaban cierton ruidos que resonaban cuando había luna llena, y
preferían ignorar qué clase de seres se prosternaban ante los viejos altares paganos que se alzaban,
medio desmoronados, en lo más oscuro del bosque. Sea como fuere, después de ser apresado Prinn
por los esbirros de la Inquisición , nadie vio las criaturas que había tenido a su servicio. Antes de
destruir el sepulcro donde había morado, los soldados lo registraron a fondo, y no encontraron nada.
Seres sobrenaturales, instrumentos extraños, pócimas.... todo había desaparecido de la manera más
misteriosa. Hicieron un minuciosos reconocimiento del bosque prohibido, pero sin resultado. Sin
embargo, antes de que terminara el proceso de Prinn, saltó sangre fresca en los altares, y también en
el potro de tormento. Pero ni con las más atroces torturas lograron romper su silencio. Por último,
cansados de interrogar, arrojaron al viejo hechicero a una mazmorra.
Y fue durante su prisión, mientras aguardaba la sentencia, cuando escribió ese texto morboso y
horrible, De Vermis Mysteriis, conocido hoy por los Misterios del Gusano. Nadie se explica como
pudo lograrlo sin que los guardianes lo sorprendieran; pero un año después de su muerte, el texto
fue impreso en Colonia. Inmediatamente después de su aparición, el libro fue prohibido. Pero ya se
habían distribuido algunos ejemplares, de los que se sacaron copias en secreto. Más adelante, se
hizo una nueva edición, censurada y expurgada, de suerte que únicamente se considera auténtico el
texto original latino. A lo largo de los siglos, han sido muy pocos los que han tenido acceso a la
sabiduría que encierra este libro. Los secretos del viejo mago sólo son conocidos hoy por algunos
iniciados, quienes, por razones muy concretas, se oponen a todo intento de propagarlos. Esto era, en
resumen, lo que sabía del libro que había venido a parar a mis manos. Aun como mero
coleccionista, el libro representaba un hallazgo fenomenal; pero, desgraciadamente, no podía juzgar
su contenido, porque estaba en latín. Como sólo conozco unas cuantas palabras sueltas de esa
lengua, al abrir sus páginas mohosas me tropecé con un obstáculo insuperable. Era exasperante
poseer aquel tesoro de saber oculto, y no tener la clave para desentrañarlo. Por un momento, me
sentí desesperado. No me seducía la idea de poner un texto de semejante naturaleza en manos de un
latinista de la localidad. Más tarde tuve una inspiración. ¿Por qué no coger el libro y visitar a mi
amigo para solicitar ayuda? Él era un erudito, leía en su idioma a los clásicos, y probablemente las
espantosas revelaciones de Prinn le impresionarían menos que a otros. Sin pensarlo más le escribí
apresudaramente y muy poco después recibí su contestación. Estaba encantado en ayudarme. Por
encima de todo, debía ir inmediatamente.
II.
Providence es un pueblo agradable. La casa de mi amigo era antigua, de un estilo georgiano
bastante caro. La planta baja era una maravilla de ambiente colonial. El piso alto, sombreado por las
dos vertientes del tejado e iluminado por una amplia ventana, servía de estudio a mi anfitrión. Allí
reflexionamos durante la espantosa y memorable noche del pasado abril, junto a la gran ventana
abierta a la mar azulada. Era una noche sin luna, una noche lívida en que la niebla llenaba la vacía
oscuridad de sombras aladas. Todavía puedo imaginar con nitidez la escena: la pequeña habitación
iluminada por la luz de la lámpara, la mesa grande, las sillas de alto respaldo... Los libros tapizaban
las paredes, los manuscritos se apilaban aparte, en archivadores especiales. Mi amigo y yo
estábamos sentados junto a la mesa, ante el misterioso volumen. El delgado perfil de mi amigo
proyectaba una sombra inquieta en la pared, y su semblante de cera adoptaba, a la luz mortecina una
apariencia furtiva. En el ambiente flotaba como el presagio de una portentosa revelación. Yo sentía
