ROBERT BLOCH Biografia y Compilado De Relatos.pdf


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la presencia de unos secretos que acaso no tardarían en revelarse. Mi compañero era sensible
también a esta atmósfera expectante. Los largos años de soledad habían agudizado su intuición
hasta un extremo inconcebible. No era el frío lo que le hacía temblar en su butaca, ni era la fiebre la
que hacía llamear sus ojos con un fulgor de piedras preciosas. Aun antes de abrir aquel libro
maldito, sabía que encerraba una maldición. El olor a moho que desprendían sus páginas antiguas
traía consigo un vaho que parecía brotar de la tumba. Sus hojas descoloridas estaban carcomidas por
los bordes. Su encuadernación de cuero estaba roída por las ratas, acaso por unas ratas cuyo
alimento habitual fuera singularmnente horrible.
Aquella noche había contado a mi amigo la historia del libro, y lo había desempaquetado en su
presencia. Al principio parecía deseoso, ansioso diría yo, por empezar enseguida su traducción.
Ahora, en cambio, vacilaba. Insistía en que no era prudente leerlo. Era un libro de ciencia maligna.
¿Quién sabe qué conocimientos demoníacos se ocultaban en sus páginas, o qué males podían
sobrevenir al intruso que se atreviese a profanar sus secretos? No era conveniente saber demasiado.
Muchos hombres habían muerto por practicar la ciencia corrompida que contenían esas páginas. Me
rogó que abandonara mi investigación, ahora que no lo había leído aún, y que tratara de inspirarme
en fuentes más saludables. Fui un necio. Rechacé precipitadamente sus objeciones con palabras
vanas y sin sentido. Yo no tenía miedo. Podríamos echar al menos una mirada al contenido de
nuestro tesoro. Comencé a pasar hojas. El resultado fue decepcionante. Su aspecto era el de un libro
antiguo y corriente de hojas amarillentas y medio deshechas, impreso en gruesos caracteres
latinos... y nada más, ninguna ilustración, ningún grabado alarmante. Mi amigo no puedo resistir la
tentación de saborear semejante rareza bibliográfica. Al cabo de un momento, se levantó para echar
una ojeada al texto por encima de mi hombro; luego, con creciente interés, enpezó a leer en voz baja
algunas frases en latín. Por último, vencido ya por el entusiasmo, me arrebató el precioso volumen,
se sentó junto a la ventana y se puso a leer pasajes al azar. De cuando en cuando, los traducía al
inglés.
Sus ojos relampagueaban con un brillo salvaje. Su perfil cadavérico expresaba una concentración
total en los viejos caracteres que cubrían las páginas del libro. Cuando traducía en voz alta, las
frases retumbaban como una letanía del diablo; luego, su voz se debilitaba hasta convertirse en un
siseo de víbora. Yo tan sólo comprendía algunas frases sueltas porque, en su ensimismamiento,
parecía haberse olvidado de mí. Estaba leyendo algo referente a hechizos y encantamientos.
Recuerdo que el texto aludía a ciertos dioses de la adivinación, tales como el Padre Yig, Han el
Oscuro y Byatis, cuya barba estaba formada de serpientes. Yo temblaba, ya conocía esos nombres
terribles. Pero más habría temblado, si hubiera llegado a saber lo que estaba a punto de ocurrir. Y no
tardó en suceder. De repente, mi amigo se volvió hacia mí, preso de una gran agitación. Con voz
chillona y exitada me preguntó si recordaba las leyendas sobre las hechicerías de Prinn, y los relatos
sobre servidores invisibles que había hecho venir desde las estrellas. Dije que sí, pero sin
comprender la causa de su repentino frenesí. Entonces me explicó el motivo de su agitación. En el
libro, en un capítulo que trataba de los demonios familiares, había encontrado una especie de
plegaria o conjuro que tal vez fuera el que Prinn había empleado para traer a sus invisibles
servidores desde los espacios ultraterrestres. Ahora iba a escuchar, él me lo leería.
Yo permanecí sentado como un tonto, ignorante de lo que iba a pasar. ¿Por qué no gritaría entonces,
por qué no trataría de escapar o de arrancarle de las manos aquel códice monstruoso? Pero yo no
sabía nada, y me quedé sentado adonde estaba, mientras mi amigo, con voz quebrada por la violenta
excitación, leía una larga y sonora invocación: "Tibi, Magnum Innominandum, signa stellarum
nigrarum et bufaniformis Sadoquae sigillum"...
El ritual siguió adelante; las palabras se alzaron como aves nocturnas de terror y muerte; temblaron
como llamas en el aire tenebroso y contagiaron su fuego letal a mi cerebro. Los acentos atronadores
de mi amigo producían un eco infinito, más allá de las estrellas más remotas. Era como si su voz, a