ROBERT BLOCH Biografia y Compilado De Relatos.pdf

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través de enormes puertas primordiales, alcanzara regiones exteriores a toda dimensión en busca de
su oyente, y lo llamara a la tierra. ¿Era todo una ilusión? No me paré a reflexionar. Y aquella
llamada, proferida de manera casual, obtuvo respuesta. Apenas se había apagado la voz de mi amigo
en nuestra habitación, cuando sobrevino el terror. El cuarto se tornó frío. Por la ventana entró
aullando un viento repentino que no era de este mundo. En él cabalgaba como un plañido, como una
nota perversa y lejana; al oírla, el semblante de mi amigo se convirtió en una pálida máscara de
terror. Luego, las paredes crujieron y las hojas de la ventana se combaron ante mis ojos atónitos.
Desde la nada que se abría más allá de la ventana, llegó un súbito estallido de lúbrica brisa, unas
carcajadas histéricas, que parecían producto de la más completa locura. Aquellas carcajadas que no
profería boca alguna alcanzaron la última quintaescencia del horror. Lo demás ocurrió a una
velocidad pasmosa. Mi amigo se lanzó hacia la ventana y comenzó a gritar, manoteando como si
quisiera zafarse del vacío. A la luz de la lámpara vi sus rasgos contraídos en una mueca de loca
agonía. Un momento después, su cuerpo se levantó del suelo y comenzó a doblarse hacia atrás, en el
aire, hasta un grado imposible. Inmediatamente, sus huesos se rompieron con un chasquido horrible
y su figura quedó colgando en el vacío. Tenía los ojos vidriosos, y sus manos se crispaban
compulsivamente como si quisiera agarrar algo que yo no veía. Una vez más, se oyó aquella risa
vesánica, ¡pero ahora provenía de dentro de la habitación!
Las estrellas oscilaban en roja angustia, el viento frío silbaba estridente en mis oídos. Me encogí en
mi silla, con los ojos clavados en aquella escena aterradora que se desarrollaba ante mí. Mi amigo
empezó a gritar. Sus alaridos se mezclaban con aquella risa perversa que surgía del aire. Su cuerpo
combado, suspendido en el espacio, se dobló nuevamente hacia atrás, mientras la sangre brotaba de
su cuello desgarrado como agua roja de un surtidor. Aquella sangre no llegó a tocar el suelo. Se
detuvo en el aire, y cesó la risa, que se convirtió en un gorgoteo nauseabundo. Dominado por en
vértigo del horror, lo comprendí todo. ¡La sangre estaba alimentando a un ser invisible del más allá!
¿Qué entidad del espacio había sido invocada tan repentina e inconscientemente? ¿Qué era aquél
monstruoso vampiro que yo no podía ver? Después,aun tuvo lugar una espantosa metamorfosis. El
cuerpo de mi compañero se encogió, marchito ya y sin vida. Por último, cayó en el suelo y quedó
horriblemente inmóvil. Pero en el aire de la estancia sucedió algo pavoroso. Junto a la ventana, en el
rincón, se hizo visible un resplandor rojizo.... sangriento. Muy despacio, pero en forma contigua, la
silueta de la Presencia fue perfilándose cada vez más, a medida que la sangre iba llenando la trama
de la invisible entidad de las estrellas. Era una inmensidad de gelatina palpitante, húmeda y roja,
una burbuja escarlata con miles de apéndices, unas bocas que se abrían y cerraban con horrible
codicia... Era una cosa hinchada y obscena, un bulto sin cabeza, sin rostro, sin ojos, una especie de
buche ávido, dotado de garras, que había brotado del cielo estelar. La sangre humana con la que se
había nutrido revelaba ahora los contornos del comensal. No era espectáculo para presenciarlo un
humano.
Afortunadamente para mi equilibrio mental, aquella criatura no se demoró ante mis ojos. Con un
desprecio total por el cadáver fláccido que yacía en el suelo, asió el espantoso libro con un tentáculo
viscoso y retorcido, y se dirigió a la ventana con rapidez. Allí, comprimió su tembloroso cuerpo de
gelatina a través de la abertura. Desapareció, y oí su risa burlesca y lejana, arrastrada por las ráfagas
del viento, mientras regresaba a los abismos de donde había venido. Eso fue todo. Me quedé solo en
la habitación, ante el cuerpo roto y sin vida de mi amigo. El libro había desaparecido. En la pared
había huellas de sangre y abundantes salpicaduras en el suelo. El rostro de mi amigo era una
calavera ensagrentada vuelta hacia las estrellas. Permanecí largo rato sentado en silencio, antes de
prenderle fuego a la habitación. Después, me marché. Me reí, porque sabía que las llamas
destruirían toda huella de lo ocurrido. Yo había llegado aquella misma tarde. Nadie me conocía ni
me había visto llegar. Tampoco me vio nadie partir, ya que huí antes de que las llamas empezaran a
propagarse. Anduve horas y horas, sin rumbo, por las torcillas calles, sacudido por una risa idiota,
cada vez que divisaba las estrellas inflamadas, cruelmente jubilosas, que me miraban furtivamente a
través de los desgarrones de la niebla fantasmal.
