ROBERT BLOCH Biografia y Compilado De Relatos.pdf


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él. Su traje era curiosamente holgado, los pantalones grises a rayas le pendían, y la chaqueta parecía
desplomarse sobre su cuerpo. Había barro seco en sus zapatos de cuero y no llevaba sombrero. Sin
duda, era un tipo excéntrico, quizás, un esquizofrénico, con tendencia a la hipocondría.
Me preparé para hacerle las preguntas de rutina, pero en seguida me interrumpió. Me dijo que era
un hombre de negocios, y que me iba a informar al instante de sus dificultades, sin necesidad de
preliminares o presentaciones. Se acomodó en el sillón, donde la luz del sol se diluía en sombras, se
aclaró la garganta y empezó. Dijo que estaba preocupado por ciertas cosas que había leido y oído; le
proporcionaban extraños sueños, y a menudo le procuraban periodos de incontrolable melancolía.
Esto interfería en su trabajo, y por consiguiente no podía hacer nada, pues sus obsesiones estaban
fundadas en la realidad. Finalmente había decidido venir a verme para hacer un análisis de sus
dificultades. Le pedí que me contara sus sueños e imaginaciones, esperando oír una de las usuales
descripciones del dispéptico. Mi suposición, sin embargo, demostró ser funestamente incorrecta.
El sueño más corriente sucedía en lo que llamaré el Cementerio de la Misericordia, por razones que
pronto se sabrán. Este se hallaba en un antiguo lugar, grande y medio abandonado en la parte más
vieja de la ciudad, que había sido próspera a Últimos del pasado siglo. El lugar exacto de sus
visiones nocturnas era dentro y en los alrededores de cierta bóveda recluida, situada en la parte más
arcaica y derruida del cementerio, y los incidentes del sueño siempre sucedían de noche, bajo una
pálida y sepulcral luna. Fantásticas visiones parecían acariciar lúgubremente el paisaje nocturno, y
habló vagamente de voces que oía a medias que le instaban a avanzar hasta que se encontraba en el
paseo de grava que conducía a las puertas de la tumba. Por lo general, sus sueños empezaban de
esta manera, en medio de un sueño tranquilo. De pronto, se hallaba caminando por la noche por un
sendero bordeado de árboles y entraba en esta tumba desatando las cadenas enmohecidas que
cerraban sus puertas. Una vez dentro, no hallaba dificultad en conducir sus pasos por la oscuridad,
sino que con misteriosa familiaridad se dirigía directamente a cierto nicho que estaba entre los
ataúdes. Entonces, se arrodillaba y apretaba un pequeño y escondido resorte o palanca entre las
desmenuzadas piedras del suelo. Un pivote mostrándole una pequeña entrada que conducía a una
caverna que se hallaba empotrada abajo. Al llegar aquí habló del húmedo salitre que emanaba de
este pasadizo y de los peculiares olores nauseabundos que salían de la profunda oscuridad. No
obstante, en sus sueños no se sentía repelido, sino que entraba rápidamente en la misma y después
descendía por una serie de interminables y largas escaleras cortadas en la piedra y la tierra, y
bruscamente se encontraba en el fondo.
Luego empezaba otro largo viaje a través de laberintos y bóvedas sepulcrales. Sucesivamente,
vagaba por cavas y criptas, túneles y horadados fosos abismales, todos envueltos en la negrura de la
noche inmemorable. Al llegar aquí se detuvo en su narración, y su voz se redujo a un estridente y
excitado susurro.
El horror venía siempre después. Se encontraba en una sucesión de cámaras oscuramente
iluminadas, y mientras permanecía encubierto en las sombras, veía cosas. Estos eran los moradores
de la cueva de abajo; los lívidos engendros que hacían presa en la muerte: éste era su botín.
Habitaban en cavernas oscuras construidas con huesos humanos y adoraban los dioses primitivos
ante altares en forma de cráneo. Había galerías que condudan a las tumbas y fosos aún más hondos
en donde estaban al acecho de sus presas vivas. Estos eran los espantosos seres nocturnos que
contemplaba en sus sueños: eran los vampiros.
Debió haber visto la expresión de mi cara, pero no titubeó. Su voz, mientras continuaba, se hacía
más tensa. No tenía intención de describir esos monstruos, excepto para decir que era horroroso
contemplarlos. Era fácil para él reconocerlos a causa de ciertos actos signnicativos que siempre
ejecutaban. Era la visión de estos actos, más que otra cosa, lo que lo horrorizaba. Hay cosas que no
deben siquiera insinuarse a mentes sanas, y entre ellas se encontraban las que le perseguían por las