ROBERT BLOCH Biografia y Compilado De Relatos.pdf

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Dean hizo un gesto evasivo.
—Sólo lo he visto una vez.
—Es uno de los más grandes ocultistas del momento. Yo también he estudiado las ciencias de la
psiquis; pero al lado de su tío soy un principiante.
Dean dijo:
—Él es un excéntrico. El ocultismo, como usted lo llama, nunca me interesó.
El pequeño japonés lo contempló impasiblemente.
—Usted cae en un frecuente error, señor Dean. Usted considera al ocultismo como un pasatiempo
para maniáticos. No —alzó una delgada mano—, la incredulidad está pintada en su rostro. Bien, es
comprensible. Es un anacronismo, una actitud trasmitida desde las épocas más antiguas, cuando los
científicos eran llamados alquimistas y los hechiceros eran quemados por haber hecho pactos con el
diablo. Pero en realidad no hay hechiceros, no hay brujos. No en el sentido en que el hombre
comprende estos términos. Existen hombres y mujeres que han logrado el dominio de ciertas
ciencias que no están totalmente sujetas a leyes físicas terrenales.
En el rostro de Dean había una leve sonrisa de incredulidad. Yamada continuó tranquilamente:
—Usted no cree porque no entiende. No hay muchos que puedan comprender, o que deseen
comprender esa ciencia mayor que no está sujeta a leyes terrenales. Pero aquí tiene usted un
problema, señor Dean —una pequeña chispa de ironía se asomó en los ojos negros—. ¿Puede
explicarme cómo es que yo sé que usted ha estado sufriendo de pesadillas recientemente?
Dean dio un respingo y se quedó mirando. Luego sonrió.
—Sucede que conozco la respuesta, doctor Yamada. Ustedes, los médicos, tienen una forma de
ayudarse mutuamente, y debo haber dejado que algo se me escapara ayer con el doctor Hedwig. —
Su tono era ofensivo, pero Yamada se limitó a encogerse levemente de hombros.
—¿Conoce usted a su Homero? —preguntó, saliéndose aparentemente del tema y ante la
sorprendida seña afirmativa de Dean continuó: —¿Y a Proteo? ¿Usted recuerda al Viejo del Mar
que tenía el poder de cambiar de forma? No deseo forzar su incredulidad, señor Dean; pero desde
hace mucho tiempo los que estudian el saber oculto saben que detrás de esa leyenda existe una
verdad muy espantosa. Todos los relatos sobre posesión por espíritus, sobre reencarnación y hasta
los comparativamente inocentes experimentos de transmisión de pensamiento, apuntan a la verdad.
¿Por qué supone usted que el folklore abunda en relatos de hombres que pueden trasformarse en
bestias, hombres-lobos, hienas, tigres, el hombre-foca de los esquimales? ¡Porque esos relatos están
basados en la verdad!
»No quiero decir con esto —prosiguió— que sea posible la metamorfosis real del cuerpo, hasta
donde sabemos. Pero desde hace mucho se sabe que la inteligencia —la mente— de un adepto
puede ser transferida al cerebro y al cuerpo de un sujeto satisfactorio. Los cerebros de los animales
son débiles, y carecen del poder de resistencia. Pero los hombres son diferentes, a menos que se den
ciertas circunstancias...
Ante su vacilación, Dean ofreció al japonés una taza de café —en esos días había generalmente café
haciéndose en la cafetera— y Yamada lo aceptó con una leve inclinación formal de agradecimiento.
Dean bebió su café en tres rápidos sorbos, y se sirvió más. Yamada, después de un sorbo de cortesía,
apartó la taza y se inclinó hacia adelante con seriedad.
—Debo pedirle que ponga su mente en estado receptivo, señor Dean. No se deje influir por sus
ideas convencionales sobre la vida en esta cuestión. Es fundamental, para su conveniencia, que
usted me escuche con cuidado, y comprenda. Entonces... quizás...
Vaciló, y volvió a echar una mirada extrañamente furtiva a la ventana.
