ROBERT BLOCH Biografia y Compilado De Relatos.pdf

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el mar, despabilándose para observar los llameantes colores de la puesta de sol. Pronto el sol
desapareció debajo del horizonte, y la oscuridad gris se fue acercando. Aparecieron las estrellas, y
muy lejos, hacia el norte, pudo ver las borrosas luces de los barcos de juego frente a Venice. Las
montañas le impedían ver San Pedro, pero un pálido y difuso resplandor en esa dirección le
indicaba que los nuevos bárbaros despertaban a una vida rugiente y agitada. La superficie del
Pacífico se fue aclarando lentamente. La luna llena estaba saliendo por encima de las colinas de San
Pedro. Durante un largo rato Dean permaneció sentado junto a la ventana, con la pipa olvidada en la
mano, y la vista fija en las lentas ondas del océano, que parecían latir con una vida poderosa y
extraña. Gradualmente aumentó la somnolencia, y lo venció. De inmediato, antes de caer en el
abismo del sueño, pasó por su mente el dicho de da Vinci: "Las dos cosas más maravillosas del
mundo son la sonrisa de una mujer y el movimiento de las poderosas aguas".
Soñó, y esta vez tuvo un sueño diferente. Primero sólo había oscuridad, y un bramido y estrépito
como de mares agitados, y, extrañamente mezclado con esto, el confuso pensamiento en una sonrisa
de mujer... y en unos labios de mujer... labios que hacían un mohín, seductores; pero, cosa extraña,
los labios no eran rojos, ¡no! Eran muy pálidos, exangües, como los labios de algo que ha
permanecido durante mucho tiempo debajo del mar... La brumosa visión se trasformó y durante un
brevísimo instante, Dean creyó ver el verde y silencioso lugar de sus visiones anteriores. Las
sombrías formas negras se movían con mayor rapidez detrás del velo, pero este cuadro no duró más
que un segundo. Cruzó por su mente como un relámpago y desapareció, y Dean se quedó solo en
una playa; una playa que reconoció en sueños: la arenosa ensenada situada debajo de la casa. La
brisa salina le acarició fríamente la cara, y el mar resplandeció como la plata a la luz de la luna. Un
débil chapoteo le reveló que algo en el mar hendía la superficie de las aguas. Hacia el norte, el mar
bañaba la abrupta cara del acantilado, obstruido y sembrado de sombras tenebrosas. Dean sintió el
impulso súbito e inexplicable de moverse en aquella dirección. Cedió a él.
Mientras trepaba por las rocas fue súbitamente consciente de una extraña sensación, como si unos
penetrantes ojos estuvieran clavados en él: ¡unos ojos que lo observaban y le advertían! Vagamente
surgió en su mente el delgado rostro de su tío, Michael Leigh, con sus profundos ojos que lo
miraban de manera amenazadora. Pero esto desapareció velozmente, y se encontró ante una oscura
cavidad más profunda en la cara del acantilado. Supo que debía entrar allí. Se deslizó entre dos
salientes puntas rocosas y se encontró en una completa y lúgubre oscuridad. Sin embargo, de algún
modo tenía conciencia de que estaba en una cueva, y podía oír el ruido que hacía el agua muy cerca.
Todo lo que sentía era un mohoso olor salado a putrefacción marina, el olor fétido de las cuevas no
utilizadas del océano, y de las bodegas de los antiguos barcos. Caminó hacia adelante, y al
inclinarse el piso abruptamente hacia abajo, tropezó y cayó de cabeza en el agua helada y poco
profunda. Sintió, antes que vio, el revoloteo de un rápido movimiento, y entonces, de golpe, unos
cálidos labios se apretaron contra los suyos.
Labios humanos, pensó Dean al principio.
Se apoyó sobre el costado en el agua helada, con sus labios apretados contra esos otros que le
correspondían. No podía ver nada, porque todo se perdía en la oscuridad de la cueva. La tentación
sobrenatural de esos labios invisibles lo hizo estremecer de pies a cabeza. Les respondió,
apretándolos con fuerza; les dio aquello que estaban deseando ávidamente. Las aguas invisibles
golpearon contra las rocas, murmurando advertencias. Y en aquel beso lo inundó la extrañeza.
Sintió que lo recorrían una conmoción y un hormigueo, luego un estremecimiento de súbito éxtasis,
e inmediatamente después vino el horror. Una negra y repugnante pestilencia pareció inundar su
cerebro, en una forma indescriptible pero horriblemente real, haciéndolo estremecer de repugnancia.
Era como si una indecible malignidad se estuviera volcando en su cuerpo, en su mente, en su propia
alma, a través de aquel beso blasfemo sobre sus labios. Se sintió asqueado, contaminado.
Retrocedió. Se puso de pie de un salto. Y Dean vio, por primera vez, la cosa horrible que había
