ROBERT BLOCH Biografia y Compilado De Relatos.pdf


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a una falsa luna. Horrores ocultos e inmundos de las profundidades del mar lo tragaban en sueños.
Esto ya era bastante malo, pero sólo fue un preludio. Los sueños empezaron a cambiar. Era casi
como si los primeros de ellos formaran un marco definido para horrores aún mayores por venir. De
las imágenes míticas de antiguos dioses del mar emergía otra visión. Sólo incipiente al principio,
fue tomando una forma y un significado definidos muy lentamente, en un período de varias
semanas. Y era éste el sueño que Dean temía ahora. Había ocurrido por lo general justo antes de
despertarse: la visión de una luz verde y translúcida, en la que nadaban lentamente unas sombras
tenebrosas. Noche tras noche, el límpido resplandor esmeralda se fue volviendo más claro, y las
sombras se trasformaron en un horror más visible. Éstas no se veían nunca con claridad, aunque sus
cabezas amorfas tenían una cualidad extrañamente repulsiva que Dean podía reconocer. Pronto, en
este sueño suyo, las sombrías criaturas se apartaban como para permitir el paso de otra. Nadando a
través de la bruma verde, se acercaba una forma enroscada, que Dean no podía asegurar si era
similar a las demás o no, porque su sueño siempre terminaba allí. La proximidad de esta última
forma lo hacía despertar siempre en un paroxismo de terror de pesadilla.
Soñaba que estaba en alguna parte debajo del mar, en medio de sombras con cabezas deformes que
nadaban; y cada noche una sombra, en particular, se iba acercando cada vez más. Ahora, todos los
días, cuando se despertaba con el frío viento marino del temprano amanecer que soplaba por las
ventanas, permanecía acostado con el ánimo lánguido y perezoso hasta mucho después de la salida
del sol. Cuando en aquellos días se levantaba se sentía inexplicablemente cansado y no podía pintar.
En esa mañana en particular, el aspecto de su rostro ojeroso al mirarse en el espejo lo había
impulsado a visitar al médico. Pero el doctor Hedwig no había resultado útil. Sin embargo, Dean
hizo preparar la receta en el camino de regreso a su casa. Un trago del tónico pardusco y amargo lo
hizo sentir un poco más fuerte; pero, al estacionar el coche, el sentimiento de depresión volvió
instalarse en él. Caminó hasta la casa, aún confundido y presa de un extraño temor.
Debajo de la puerta había un telegrama. Dean lo leyó perplejo, con el ceño fruncido:
RECIEN ENTERADO USTED ESTA VIVIENDO CASA SAN PEDRO STOP ES DE VITAL
IMPORTANCIA QUE DESALOJE INMEDIATAMENTE STOP MUESTRE ESTE CABLE AL
DOCTOR MAKOTO YAMADA 17 BUENA STREET SAN PEDRO STOP VUELVO VIA AEREA
STOP VEA A YAMADA HOY.
MICHAEL LEIGH.
Dean volvió a leer el mensaje, y un recuerdo relampagueó en su mente. Michael Leigh era su tío,
pero no lo había visto en años. Leigh había sido un enigma para la familia; era un ocultista y pasaba
la mayor parte del tiempo investigando en lejanos rincones de la tierra. Desaparecía ocasionalmente
durante largos períodos. El cable que tenía Dean había sido enviado desde Calcuta, y supuso que
Leigh había salido recientemente de algún lugar del interior de la India para entonces enterarse de la
herencia de Dean. Dean buscó en su mente. Ahora recordaba que había habido alguna disputa
familiar sobre esta misma casa, años atrás. No recordaba exactamente los detalles; pero sí recordaba
que Leigh había pedido que la casa de San Pedro fuera demolida. Leigh no había alegado motivos
valederos, y cuando la petición fue denegada había desaparecido durante algún tiempo. Y ahora
llegaba este inexplicable telegrama.
Dean estaba cansado después de su largo viaje en coche; y la insatisfactoria entrevista con el doctor
lo había irritado más de lo que había pensado. Tampoco tenía ánimo para cumplir el pedido
efectuado por el tío en su telegrama, y para emprender el largo viaje hasta Buena Street, que estaba
a varias millas de distancia. La somnolencia que sentía era empero un saludable agotamiento
normal, a diferencia de la languidez de las últimas semanas. El tónico que había tomado había
servido para algo, después de todo. Se dejó caer en su silla favorita, junto la ventana que dominaba