ROBERT BLOCH Biografia y Compilado De Relatos.pdf


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besado, en momentos en que la luna que se ponía enviaba una pálida saeta de luminosidad por la
boca de la cueva. Porque algo se irguió ante él, un bulto serpentino y semejante a una foca, que se
enroscaba, y serpenteaba, y se movió hacia él, cubierto de un pestilente fango que brillaba; y Dean
gritó y se dio a la fuga, con un terror de pesadilla desgarrándole el cerebro, escuchando a sus
espaldas un leve chapoteo, como si alguna pesada criatura se hubiera echado nuevamente al agua...
II. Una visita del doctor Yamada.
Se despertó. Se encontraba aún en la silla junto a la ventana, y la luna palidecía ante la luz grisácea
del amanecer. Estaba estremecido por las náuseas, enfermo y tembloroso por el espantoso realismo
del sueño. Sus ropas estaban empapadas por la transpiración, y el corazón le latía violentamente.
Parecía agobiarlo un inmenso letargo y tuvo que hacer un intenso esfuerzo para levantarse de la silla
y dirigirse tambaleándose hasta un sofá, en el que se tiró para dormitar de a ratos durante varias
horas. Lo despertó un agudo repiqueteo de la campanilla de la puerta. Se sentía aún débil y
aturdido; pero el temible letargo había disminuido un tanto. Cuando Dean abrió la puerta, un
japonés parado en el porche inició una leve inclinación de saludo, gesto que se detuvo abruptamente
cuando los penetrantes ojos negros se clavaron en el rostro de Dean. Del visitante llegó un corto
silbido de inspiración. Dean dijo con irritación:
—¿Y bien? ¿Quiere usted verme?
El otro aún lo estaba mirando. con su delgado rostro amarillento debajo del tieso cabello gris. Era
un hombre pequeño, delgado, con el rostro cubierto de una sutil red de arrugas. Después de una
pausa dijo:
—Soy el doctor Yamada.
Dean frunció el ceño, perplejo. Súbitamente recordó el cable de su tío del día anterior. En su interior
comenzó a crecer una extraña e irracional irritación, y dijo, con más brusquedad de lo que hubiera
querido:
—Espero que esta no sea una visita profesional. Yo ya...
—Su tío, ¿es usted el señor Dean?, me envió un cable. Estaba bastante preocupado. —El doctor
Yamada echó casi furtivamente una mirada a su alrededor.
Dean sintió que el fastidio bullía en su interior, y su irritación aumentó.
—Me temo que mi tío es un tanto excéntrico. Él no tiene nada de qué preocuparse. Lamento que
usted haya hecho el viaje para nada.
El doctor Yamada no pareció ofenderse por la actitud de Dean. Por el contrario, una extraña
expresión de simpatía cruzó durante un instante su pequeño rostro.
—¿Le importa si paso? —preguntó y se adelantó con confianza.
Lejos de cerrarle el paso, Dean no encontró forma de detenerlo, y descortésmente condujo a su
visita a la habitación en que había pasado la noche, indicándole que se sentara en una silla, mientras
él se ocupaba de la cafetera. Yamada se sentó inmóvil, observando silenciosamente a Dean.
Entonces dijo sin preámbulos:
—Su tío es un gran hombre, señor Dean.