ROBERT BLOCH Biografia y Compilado De Relatos.pdf

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siquiera marinas; de cualquier modo es muy extraño. Mis bocetos ya no parecen estar enteramente
correctos. Parece haber en ellos un poder que yo no pongo allí...
—¿Un poder, dijo?
—Sí, un poder de malignidad, si puedo llamarlo con esa palabra. Es algo que no se puede definir.
Algo que hay detrás del cuadro le extrae toda su belleza. Y en estas últimas semanas no he estado
trabajando en exceso, doctor Hedwig.
El doctor echó otra mirada al papel que tenía en la mano.
—Bueno, en eso no estoy de acuerdo con usted. Usted podría no ser consciente del esfuerzo que
realiza. Esos sueños con el mar que parecen preocuparlo carecen de significado, excepto como
indicio de su estado nervioso.
—Está equivocado. —Dean se levantó repentinamente. Su voz era estridente—. Eso es lo terrible
del caso. Los sueños no carecen de significado. Parecen ser acumulativos; acumulativos y
planeados. Se vuelven cada noche más vívidos, y cada vez veo más: de ese lugar verde y brillante
situado debajo del mar. Me voy acercando cada vez más a esas sombras negras que nadan allí; esas
sombras de las que yo sé que no son sombras, sino algo peor. Cada noche veo más. Es como si fuera
completando un boceto, agregando gradualmente cada vez más hasta que...
Hedwig observaba agudamente a su paciente. Insinuó:
—¿Hasta?
Pero el tenso rostro de Dean se relajó. Se había detenido justo a tiempo.
—No, doctor Hedwig. Usted debe tener razón. Es exceso de trabajo y nervios, como usted dice. Si
creyera lo que me dijeron los mejicanos sobre Morella Godolfo... Bueno, estaría loco y sería un
tonto.
—¿Quién es esa tal Morella Godolfo? ¿Alguna mujer que ha estado Ilenándole la cabeza de cuentos
disparatados?
Dean sonrió.
—No tiene que preocuparse por Morella. Fue mi tía tatarabuela. Vivía en la casa de San Pedro e
inició las leyendas, creo.
Hedwig había estado garabateando algo en un papel.
—Y bien, ¡ya entiendo, joven! Usted escuchó esas leyendas; su imaginación voló; usted soñó. Esta
receta lo pondrá bien.
—Gracias.
Dean tomó el papel, levantó su sombrero de la mesa, y se dirigió hacia la puerta. Se detuvo en el
vano, sonriendo torcidamente.
—Pero usted no está en lo cierto al pensar que las leyendas me hicieron soñar, doctor. Empecé a
soñar antes de haber oído la historia de la casa.
Y una vez dicho eso, salió.
Mientras conducía de regreso a San Pedro, Dean trató de comprender qué le había ocurrido. Pero
siempre se estrellaba contra el muro de la imposibilidad. Cualquier explicación lógica se perdía en
