ROBERT BLOCH Biografia y Compilado De Relatos.pdf

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Vi el espanto reflejado en todos los rostros.
—¿Por qué desprendernos de esa fuerza? —continué seguro de mí mismo—. ¿Por qué no ha de
dominar Satanás en el mundo? ¿Por qué no he ser yo el amo de todo? Luché contra Dios y me
venció, pero ahora...
De pronto, lo comprendí todo. Había dicho "luché contra Dios". Pero fue Luzbel el que se rebeló
contra el Todopoderoso. Y yo creía haber sido yo mismo. ¡Yo! ¡El demonio! Keith y los demás me
miraban aterrados. Contemplaban mi rostro. Y yo advertía el cambio que se verificaba en él. Lily
me tendió un espejo. Comprendí la horrible verdad. Lo que le había sucedido al profesor me estaba
ocurriendo a mí. Satanás se apoderaba de mi cuerpo. ¡Yo era Satanás!
El espejo cayó al suelo y se hizo añicos. Sentía horror y alegría. Examiné mis manos. Eran ya unas
garras negras... Cuando sus manos buscaron las culatas de sus dos revólveres cargados con balas de
plata, adiviné la intención del profesor. Estaban ambas armas sobre una mesa y yo llegué allí antes
que él.
—¡Quieto! —ordené ferozmente, apuntándole yo a él y haciendo frente a todos los presentes—. Si
alguien ha de disparar, ese alguien seré yo. ¡Soy el amo! ¡El dueño, dispensador de todos los males,
de todos los pecados! ¡El señor absoluto de la tierra!
—¡Dios mío! —gimió Lily.
Sentí como un trallazo en pleno rostro. El nombre del Señor abrasaba mis oídos. Luego, Lily
empezó a avanzar hacia mí, con las manos tendidas en actitud suplicante.
—¡Quieta o disparo! —le grité.
Ella continuó avanzando. En su mirada no había odio alguno, y sus labios murmuraban unas
plegarias que me abrasaban el cuerpo y, sobre todo, el rostro, aquel rostro rojo, los cuernos que ya
apuntaban, mi pelo leonado, crespo, hirsuto. Mis manos, convertidas en garras negras...
¡Tenía que terminar con aquel fuego que me abrasaba! ¡Debía matar a Lily! Pero cuando por fin me
decidí a disparar, lo hice con el cañón del arma que empuñaba con la mano derecha, aplicado a mi
propia sien.
VII. La Caída de Lucifer.
—¡Cuidado! —exclamé—. ¡Cuidado!
—Lo siento —se excusó Keith—. Aunque sea una bala de plata existe el peligro de la infección.
—¿Se ha marchado? —pregunte, sin citar al ser cuya huida deseaba.
—Sí —contestó Lily—. En, cuanto usted disparó el revólver, la campana de cristal quedó vacía. No
se vio ni humo ni fuego. Desapareció como una luz que se apaga.
—Fue un tiro muy afortunado —declaró Keith—. Rozó la carne y se perdió en el techo. Pero pudo
haber sido fatal.
—No entiendo por qué me pegue el tiro ni por qué desapareció Satanás.
—Es la eterna verdad —replicó-el profesor—. La virtud triunfando sobre el mal. Aunque usted no
se dio cuenta, su conciencia luchó contra el diablo... y le venció.
—Es difícil no creer que todo ha sido un sueño. Lily apoyó una mano sobre mi hombro.
—Olvidémoslo.
Los demás se mostraron de acuerdo.
—¿Y cómo? —quise saber.
