ROBERT BLOCH Biografia y Compilado De Relatos.pdf


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nuestros pies el pentagrama dibujado ardía materialmente. Dentro de él una negra sombra iba
tomando consistencia: la figura del Macho Cabrío del Sábado. Por el rabillo del ojo vi a Lily Ross
avanzar con manos temblorosas y dejar caer el pergamino en el que había leído la invocación
equivocada. ¡La que llamaba al demonio a este mundo! ¡Y ahora, dentro de los límites del trazado
¡pentagonal, envuelto en llamas rugientes, que danzaban, proyectando sus sombras contra los
muros, donde parecían bailar una danza macabra, se veía ya una sombra más densa que las demás!
III. El Diablo.
Ninguno de los tres que allí nos encontrábamos tenía fuerzas para mover un solo dedo. Mientras
tanto, la presencia permanecía acurrucada en el centro del dibujo cabalístico, con su negra cara de
macho cabrío iluminada por los fuegos. La peluda cabeza, los retorcidos cuernos, el diabólico y
familiar rostro, todo fue cobrando forma y vida. Era, un cuadro, fruto de un sueño infernal. De
pronto, la figura entró en acción. Movió los brazos y los pies y comenzó a avanzar. De un salto,
obedeciendo más al instinto que a la voluntad, llegué a la puerta y accioné la palanca. Oyóse el
chirriar de cadenas y, con fuerte estrépito, la jaula de cristal inastillable cayó sobre la figura,
aprisionando en su interior a Satanás, Príncipe de las Tinieblas. Aquel monstruo saltó contra los
muros de cristal y retrocedió rápidamente.
—¡Dios mío! —exclamó en aquel momento Keith, que había recuperado el habla.
Me eché a reír. No pude evitarlo.
—¿Qué le ocurre? —susurró Lily.
—He luchado contra el propio Satanás y le he vencido —me envanecí.
—Es para volverse loco —musitó la joven—. Tenemos a Satanás encerrado en la habitación de un
rascacielos.
—¿Sigue incrédulo? —preguntó Keith.
—Los incrédulos no sudan —repliqué, secándome la frente—, pero si no soy incrédulo, al menos
soy práctico. ¿Qué hacemos ahora?
—Ante todo, encender la luz.
Keith fue hacia el interruptor y la estancia se llenó de prosaicas luces, convirtiendo la habitación en
una estancia completamente vulgar... a no ser por la figura que había dentro de la jaula de cristal. A
oscuras, aquella visión era desagradable, pero a plena luz resultaba infinitamente peor. El satánico
prisionero nos contemplaba orgullosamente erguido. La luz ponía de manifiesto todos los detalles.
Demasiados detalles. Su piel negra relucía de manera opaca.
—Es tal como lo había imaginado —murmuró el profesor—. La perilla, el monóculo, la roja
epidermis...
—¡Cómo! —exclamó—. ¿Dice que su piel es roja? ¡Es negra!
—Es escamosa —declaró Lily.
—¡Nada de escamas! —protesté—. ¿Qué dicen? ¿Y el monóculo donde está? ¡Si parece un macho
cabrío negro!
—¿Está loco? —se irritó Keith—. Se ve claramente que es un hombre vestido de etiqueta, de cara
roja, con un monóculo.
—¿Y su cola ahorquillada? —exclamó Lily—. ¡Eso es lo peor!
—¡No tiene cola! —grité—. Ninguno de ustedes lo ve bien.
Keith dio un paso atrás.
—Un momento —pidió—. Estudiemos eso. Usted cree ver un macho cabrío, negro, con facciones
humanas ¿verdad? —me preguntó.