ROBERT BLOCH Biografia y Compilado De Relatos.pdf

Vista previa de texto
Pero la valen.
—¿Y no están llenos de las mismas necedades que los demás? —quise saber—. He leído algunos de
tales libros y más parecen obra de algunos locos.
—Entre las solemnes necedades puede haber verdades enormes. Se descubren fácilmente. Algunas
invocadas están equivocadas, otras son auténticas.
—¿O sea que si lee un conjuro aparecerá un demonio, un vampiro o un fantasma?
—Sí, si se lee correctamente —asintió Keith—. Ésa es la base. Ahí es donde interviene la ciencia.
En muchos casos, por temor, no se ha escrito la invocación completa. En otros el conjuro tiene
palabras cambiadas debido a una traducción incorrecta. La Iglesia quemó tolos los manuscritos y
libros de esa clase que pudo hallar. Lo hizo durante varios siglos. Y tuvimos que emplear varios
meses en los preparativos, seleccionando lo bueno entre lo malo, uniendo fragmentos sueltos,
estudiando las fuentes de origen. Ha sido un trabajo muy arduo para la doctora Ross y para mí. No
obstante, podemos hoy asegurar que poseemos en nuestras manos casi un centenar de conjuros
legítimos para la invocación de las fuerzas sobrenaturales. Si se recitan como es debido, se obtiene,
como con las oraciones corrientes, un resultado inmediato. Además, algunas de las invocaciones
exigen ceremonias como ésta. Hemos gastado una enorme cantidad de dinero para reunir el
instrumental y los materiales necesarios para estos experimentos. Cuesta mucho encontrar sangre de
mandril y obtener los cadáveres necesarios. Es repulsivo, bien lo sé, pero imprescindible.
—Pero sangre del tipo B... —repetí, encogiéndome de hombres.
—Es una simple demostración de lo cuidado de nuestro método de trabajo. Atacaremos lo natural
con métodos modernos. Tenga en cuenta los fracasos de nuestros antecesores. Ya he dicho que la
mayoría de los hechiceros eran unos farsantes. Los que trabajaban seriamente utilizaban, a veces,
traducciones equivocadas, como ya he demostrado. Como es natural, no triunfaban. Otras veces,
carecían de los materiales debidos. Si el conjuro exigía el empleo de sangre de mandril, ellos
utilizaban otra clase de sangre y, por simple reacción química, el conjuro quedaba destruido. Al
utilizar sangre humana hay que tener en cuenta la cantidad tan variada de tipos existentes y, por
consiguiente, un hechizo que surtiría efecto empleando la sangre debida, puede fracasar con el uso
de otra sangre. Si ahora nos hallamos con una receta que exige el empleo de polvos de cuerno de
unicornio, la echamos al cesto de los papeles pues sabemos que es un fraude. En fin, tal vez a usted
todo eso le parezcan detalles sin valor, pero en ellos puede residir el triunfo, como resultado de un
razonamiento científico. Hemos repasado bien nuestros hechizos e invocaciones, hemos
comprobado las fórmulas, reuniendo los ingredientes más auténticos. En tales condiciones no
podemos fracasar, si existe alguna verdad en las historias sobrenaturales que han privado en el
mundo durante las edades anteriores a la nuestra. Hoy, empleando la sangre de tipo B, vamos a
poner en práctica la invocación de Richalmus para evocar un dracónibus. La doctora Ross ha
trazado el pentagrama y ha alimentado los fuegos con los tres colores. Ahora leerá la invocación en
su original latino. Si las condiciones se producen exactamente como está mandado, pronto veremos
al alado demonio de la noche que el buen abad describió tan gráficamente. Quizás lo podamos
capturar y lo ofrezcamos como prueba viviente al mundo.
—¿Quiere capturarlo? —murmuré. Keith sonrió.
—¿Por qué no? Esa es la prueba que necesitamos para confundir a los escépticos. El mismo Tom
Considine, cuando me dio el dinero, se rió de mí. Me gustaría ver su expresión cuando le enviase el
dracónibus.
Keith soltó una carcajada y señaló al techo.
—Si la cosa aparece y es peligrosa, tengo siempre a mano las balas de plata para dominarlo, pero
preferiría mucho más capturarla viva. Hay que tener en cuenta la importancia científica.
Miré hacia donde señalaba con el dedo. Suspendida por cadenas, en el techo, se veía como una
cabina de cristal. Pendía directamente encima del espacio en que se veía el pentagrama.
