ROBERT BLOCH Biografia y Compilado De Relatos.pdf


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una estrella de cinco puntas, que representa a Satanás, el macho cabrío del sábado.
—Oiga ¿está loco? —le pregunté a mi pesar.
—Un momento —se enojó Keith—. Desde el principio aclaremos una cosa: nada me importa su
escepticismo. Y le ruego que no dude de mi buen juicio ni de la sinceridad de mis actos.
—¡Pero todo esto es demasiado pueril y absurdo! —me quejé—. ¡Mezclar la ciencia con la brujería!
—¿Por qué no? —inquirió Keith—. La magia de ayer es la ciencia de hoy. Los brujos de los siglos
precedentes al nuestro trataban de alejar los demonios del cuerpo humano de que se habían
apoderado. Actualmente, los psiquiatras curan la locura mediante el hipnotismo, casi de igual
forma. Hubo un tiempo en que los alquimistas trataban de convertir en oro otros metales más bajos.
Actualmente, ese mismo esfuerzo se continúa sobre la base de las mismas investigaciones. ¿No
intentan en la actualidad los médicos obtener el elixir de larga vida empleando sangre humana y
animal, como antes hacían los magos? ¿No se quiebran los cascos nuestros sabios con los vitales
problemas de la Vida y la Muerte? ¿No conservan, vivas, cabezas de perros y gallinas a pesar de
haber sido ya cercenadas? En otras épocas, esos trabajos costaban la hoguera. Aquellos sabios
morían por enfrentarse con los problemas que hoy atacan abiertamente nuestros hombres de ciencia.
Pero estoy convencido de que los sabios de antaño obtuvieron en algunos casos un éxito mayor que
los de ahora.
—Entonces ¿cree que los hechiceros consiguieron resucitar a los muertos e invocar los espíritus
elementales?
—Quiero decir que lo intentaron y que tal vez tuvieron éxito. Que sus teorías no eran erróneas, pero
que quizás lo fueron sus sistemas y métodos de trabajo. Y opino que la ciencia moderna puede
hacerse con las mismas teorías, aplicar los 'debidos métodos y obtener un éxito mayor. Y eso es lo
que me dispongo a hacer.
—Pero...
—Observe.
Obedecí. Observé. La grácil figura de Lily Ross iba de un lado a otro de la estancia. Sus dedos, al
acercarse al brasero, parecían poblarse de llamitas. De una bolsa que llevaba a la cintura sacó unos
polvos que derramó sobre las ascuas, de las cuales se elevaron unas llamas verdes, azules y
purpúreas. Un calidoscopio de diabólica luminosidad inundó la amplia estancia. Rojas llamas
brotaban de las velas y saltaban de los pabilos a la oscuridad. Lily inclinóse al suelo y trazó un
dibujo plateado. Una estrella de cinco puntas. El espacio interior de la estrella se llenó con un
líquido rojo.
—Sangre —susurró Keith—. Sangre tipo B.
—¿Cómo?
—Sí, tipo B. ¿No le he contado que utilizábamos métodos científicos modernos? El hechicero de la
Edad Media era casi un charlatán. Algunos rondaban por las cortes de los nobles o príncipes,
pasando por astrólogos, por lectores quirománticos y halagando en todo a sus amos. Otros no hacían
más que solicitar dinero para conseguir la transmutación del plomo en oro, lograr el elixir de la
juventud o encontrar la piedra filosofal. Charlatanes y sólo charlatanes. Otra clase de vividores eran
los que vendían filtros de amor, prometían echar mal de ojo a los enemigos de sus clientes y
pretendían curar los males, desde la epilepsia al cólera. Mezclados entre esos impostores se hallaban
los psicópatas. Los demonomaníacos que danzaban desnudos en los cerros y colinas durante el
Walpurgis, afirmando cabalgar sobre escobas voladoras, conversar con los muertos y tener amantes
infernales. Pero siempre existieron hombres que tomaron en serio los estudios de esa ciencia. De
sus escritos, de sus hechizos e invocaciones, nos valemos ahora.
Keith hizo una pausa para indicar las estancias.
—Me costó largo tiempo reunir esta colección. Manuscritos, pergaminos, fragmentos de tratados,
documentos secretos de todos los países y edades. Valiosos incunables que cuestan una fortuna.