ROBERT BLOCH Biografia y Compilado De Relatos.pdf

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Salimos de mi casa y, subiendo al coche del profesor, nos internamos entre el tráfico callejero.
—Por lo visto, no se trata de ninguna exageración periodística —comenté—. ¿De veras proyecta
semejante experimento?
—Nunca he pensado nada con mayor seriedad —replicó el profesor—. Yo fui quien convenció a
Considine para que donase ese dinero. Durante muchos años ha sido mi ambición llevar a cabo un
experimento de esa clase. Lamento que los periódicos se hayan enterado del asunto; pero, de ahora
en adelante, ya no habrá más publicidad. Nadie debe saber que el Instituto Rocklynn intenta
resucitar lo muerto y conjurar a los demonios en la ciudad más moderna de la tierra.
—Bien —quise saber—, ¿cuál es mi papel en este asunto?
—Muy sencillo. Me citaron su nombre como el de un escritor de novelas terroríficas o fantásticas.
Por tanto, pensé que usted se hallaría más capacitado que otros para comprender esas verdades.
—Pero yo no creo en esas patrañas —objeté.
—Naturalmente. A eso voy. Usted se halla capacitado para comprender lo que intentamos; pero es
escéptico; no cree en lo que escribe; por ello se le ha elegido como testigo oficial e historiador de
nuestros experimentos. O sea que le contratamos como testigo.
—¿Quiere decir que me pagarán diez mil dólares por verles hacer brujerías? ¿Por acompañarles
montado en una escoba?
Keith se echó a reír.
—Es usted demasiado incrédulo. Venga, necesita un ejemplo inmediatamente.
Entramos en el rascacielos, subimos en el ascensor particular, cruzamos el vestíbulo del Instituto
Rocklynn, situado en el ático, y atravesamos una puerta señalada como "Privado". Si alguna vez
esta palabra ha estado bien empleada era en esta ocasión, pues era la simple barrera que separaba la
cordura de la demencia. Una demencia negra en una habitación tapizada enteramente de negro.
Iluminada por las rojas llamas de un brasero, cuyas ascuas eran como parpadeantes ojos infernales y
llena de perfumes de especias, humedad y tumba. Era una estancia que pertenecía al siglo XV,
arrancada a los sueños de los hechiceros y alquimistas. Cierto que las mesas y estantes eran
modernos, pero gemían bajo el peso de viejos horrores.
Una hilera de tubos de ensayo, de moderno cristal Pyrex, pero con etiquetas tan infernales como
éstas: "Sangre de murciélago", "Raíz de mandrágora", "Polvo de momio", "Grasa de cadáver", y
aún otras peores. En un rincón se veían unas neveras modernísimas, que contenían innumerables
cuerpos. Junto a un fuego de leña, sobre unos trébedes, veíanse extraños calderos. Un estante
contenía instrumentos de alquimia. Frascos con hierbas se hallaban junto a otros que contenían
huesos pulverizados. El suelo estaba cruzado por dibujos pentagonales y signos del zodíaco, hechos
con pintura azul fosforescente, y alguna otra materia que emitía radiaciones rojizas.
Una pared estaba cubierta de libros. La luz se reflejaba en polvorientos y resecos volúmenes, que en
un tiempo estuvieron en contacto con las manos de las brujas y los nigromantes. Por un momento,
permanecí junto al profesor Keith, en tanto la férrea puerta que acabábamos de cruzar se cerraba
detrás de nosotros. Unos ojos, de pronto, se fijaron en los dibujos y horrores de aquella habitación.
De repente algo se movió en un extremo de la estancia y avanzó hacia mí. De momento, sólo era
una sombra blanca, pero luego... Di un salto que por poco me obliga a chocar mi cabeza con el
techo.
—Le presento al doctor Ross —le presentó el profesor.
—¡Ejem! —carraspeé.
