ROBERT BLOCH Biografia y Compilado De Relatos.pdf


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Sólo sus ojos estaban vivos. Sus pupilas dilatadas brillaban en la oscuridad con una intensidad
felina. Le observé, intentando dominar la inexplicable repulsión que surgía en mi interior.
-Simon,-le dije, -He venido a...
Sus labios se apretaron. ¿Fue una ilusión debida a la luz, o sus labios me parecieron gusanos
blancos que se arrastraban por su rostro? ¿Fue una ilusión o su boca me pareció una negra caverna
de la cual surgieron sus palabras?
No pude saberlo. No tuve certeza de nada, excepto de una cosa; la voz que se arrastró débilmente
hasta mis oídos no era la voz del Simon Maglore que yo conocía. Era más débil, chillona, y cargada
de una oculta sorna.
-Vete. No puedo verte hoy -susurró.
-Pero quería ayudarte. Yo...
-Vete, estúpido... ¡Vete!
La puerta se cerró con un portazo ante mi atónita cara, y me encontré solo. Pero no estuve solo en
mi camino de vuelta al pueblo. Mis pensamientos se hallaban hechizados por la presencia de otro...
aquella presencia agresiva, ajena, que una vez fue mi amigo, Simon Maglore.
Aún me hallaba aturdido cuando regresé al pueblo. Pero después de llegar a mi cuarto del hotel,
comencé a razonar conmigo mismo. Mi romántica imaginación me había jugado una mala pasada.
El pobre Maglore estaba enfermo... probablemente era víctima de algún severo trastorno nervioso.
Recordé que acostumbraba a comprar sedantes en la farmacia local. En mi estúpido arranque
emotivo, había confundido tristemente su desafortunada dolencia. ¡Qué crío había sido! Debía
regresar al día siguiente y disculparme. Después, Maglore debía ser persuadido para marcharse, y
volver de nuevo a su ser original. Parecía estar francamente mal, y además, su temperamento le
estaba dominando. ¡Cómo había cambiado ese hombre!
Aquella noche dormí poco. Por la mañana temprano volví a salir. En esta ocasión evité
cuidadosamente las inquietantes imágenes mentales que la vieja casa sugería a mi susceptible
cerebro. En ello estaba cuando toqué el timbre. Fue un Maglore diferente el que me recibió.
También él había cambiado para bien. Parecía viejo y enfermo, pero había una luz normal en sus
ojos y una sana entonación en su voz mientras me hacía entrar cortésmente, y se disculpaba por su
delirante espasmo del día anterior. Era víctima de frecuentes ataques, según dijo, y planeaba
marcharse en breve y tomarse unas largas vacaciones. Estaba ansioso por terminar su libro... ya le
quedaba muy poco... y regresar al trabajo de la Universidad. Y de aquel asunto, cambió
abruptamente la conversación a una serie de nostálgicos interludios. Recordaba nuestra mutua
asociación en el campus, cuando nos sentábamos a charlar, y parecía ansioso por enterarse de los
asuntos de la Escuela. Durante casi una hora, vitualmente monopolizó la conversación y la mantuvo
de ese modo, para así evitar cualquier pregunta directa de naturaleza personal por mi parte.
De cualquier modo, me resultó fácil ver que estaba muy lejos de encontrarse bien. Parecía estar
trabajando bajo una intensa presión; sus palabras parecían forzadas, su actitud tensa. Una vez más,
noté lo pálido que estaba; como desprovisto de sangre. Su malformada espalda parecía inmensa; y
su cuerpo, en consecuencia, parecía encogido. Recordé mis temores sobre un tumor canceroso, y me
pregunté si no sería el caso. Mientras tanto, se agitaba, obviamente incómodo. Su charla parecía
casi vacía; las estanterías estaban desordenadas, y los espacios vacíos estaban cubiertos de polvo.
No había papeles ni manuscritos visibles sobre la mesa. Una araña había construido su tela en el
techo. Durante una pausa en su conversación, le pregunté por su trabajo. Respondió vagamente que
era muy absorbente, y que le estaba robando casi todo su tiempo. De todos modos, había realizado