ROBERT BLOCH Biografia y Compilado De Relatos.pdf

Vista previa de texto
Entonces, la gente empezó a comentar su cambio de apariencia. De un modo sutil, pero evidente, se
había alterado inquietantemente. En primer lugar, se notó que su deformidad se había incrementado.
Se veía obligado a llevar un amplio gabán para ocultar su volumen. Caminaba con una ligera
inclinación, como si su peso le diera problemas. Además, no iba nunca al médico, y nadie, de entre
la gente del pueblo, tenía el valor de hacerle comentario alguno, o preguntarle sobre su estado.
También estaba envejeciendo. Comenzaba a parecerse a su tío Richard, y sus ojos habían adoptado
ese guiño especial que denotaba un poder nictalópico. Todo aquello excitaba los rumores entre la
gente, para quien la familia Maglore había sido tema para interesantes conjeturas durante
generaciones.
Más tarde, dichas especulaciones se habían basado en hechos más tangibles. Pues recientemente,
Simon había aparecido por varias de las granjas aisladas de la región, paseando furtivamente.
Preguntaba sobre todo a la gente de edad avanzada. Estaba escribiendo un libro, según les decía,
acerca del folklore. Deseaba preguntarles sobre las antiguas leyendas de los alrededores. Preguntaba
si alguno de ellos, había oído alguna vez relatos concernientes a cultos locales, o rumores sobre
rituales en el bosque. ¿Había alguna casa encantada o lugar embrujado en la espesura? ¿Habían oído
alguna vez el nombre "Nyarlathotep", o referencias a "Shub-Niggurath" o al "Mensajero Negro"?
¿Podían recordar algo de los antiguos mitos de los Indios Pasquantog, acerca de los
"hombres-bestia", o recordaban alguna historia sobre oscuros encapuchados que sacrificaban
terneros en las montañas? Estas y otras preguntas similares, pusieron en guardia a los granjeros, ya
de por sí suspicaces por naturaleza. Si hubieran poseido tales conocimientos, éstos habrían sido de
una naturaleza decididamente impía, y no se habrían atrevido a revelarlos a aquel forastero tan
pagado de sí mismo. Algunos de ellos, sabían algo de esas cosas, debido a antiguos relatos que les
habían llegado desde la costa, más al norte, y otros habían escuchado pesadillas susurradas por
reclusos, acerca de las montañas del este. Había un montón de cosas en torno a esas materias, que
ellos, francamente, no sabían, y que sospechaban que ningún forastero debería escuchar. Fuera
donde fuera, Maglore se encontraba con evasivas o con reacciones escandalizadas, y partía tras
haber dado una impresión decididamente mala.
Las historias sobre sus visitas comenzaron a multiplicarse. Adoptaron el tópico de una elaborada
discusión. Un anciano lugareño en particular... un granjero llamado Thatcherton, que vivía solo en
una pequeña parcela al oeste del lago, por debajo de la autovía... tenía una historia singularmente
interesante que contar. Maglore había aparecido una noche, alrededor de las ocho, y llamó a la
puerta. Persuadió a su anfitrión para que dialogara con él, y entonces intentó engatusarle,
prometiendo revelarle cierta información concerniente a la presencia de un cementerio abandonado,
que se rumoreaba existía en algún lugar de los alrededores.
El granjero contó que su invitado estaba en un estado próximo a la histeria, que afirmaba con la
cabeza una y otra vez, del modo más melodramático, y hacía frecuentes alusiones a un montón de
estupideces mitológicas sobre "los secretos de la tumba", "el decimotercer servidor", "la Fiesta de
Ulder", y "los cantos de los Dholes". También hablaba de "el ritual del Padre Yig", y ciertos
nombres que pronunció, relaccionados con raras ceremonias en el bosque, que decía tenían lugar
cerca de aquel cementerio. Maglore preguntó si le había desaparecido algún ternero, y si su
anfitrión había escuchado alguna vez "voces en el bosque, haciéndole proposiciones". El hombre
dijo que no, a todas aquellas cosas, y se negó a permitir que su invitado regresara a inspeccionar la
zona por el día. En aquel momento, el inesperado visitante se mostró muy enfadado, y estaba a
punto de objetar acaloradamente, cuando ocurrió algo muy extraño. Maglore empalideció de
repente, y pidió que se le excusara. Parecía estar sufriendo fuertes dolores internos, pues se inclinó
hacia delante y se dirigió a trompicones hasta la puerta. Y mientras lo hacía, ¡Thatcherton recibió la
enloquecedora impresión de que la joroba de su espalda se estaba moviendo! Parecía agitarse, y
agarrarse a los hombros de Maglore, ¡como si éste tuviera un animal escondido bajo su gabán! En
aquella situación, Maglore se giró bruscamente, y se dirigió de espaldas hacia la salida, como
