ROBERT BLOCH Biografia y Compilado De Relatos.pdf


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los Maglore no evitaban el publo y permanecían recluidos en su vieja casa de las colinas? Además,
ninguno de ellos iba a la iglesia. ¿No se sabía de ellos, además, que daban largos paseos al ponerse
el sol, y de noche, cuando toda la gente decente y respetable estaba durmiendo? Probablemente,
tenían sus buenas razones para no mostrarse sociables. Quizás tenían cosas que deseaban ocultar en
su vieja casa, y puede que tuvieran miedo de que esas cosas se supieran por allí. La gente sabía que
aquel lugar estaba repleto de libros embrujados e impíos, y había una vieja historia que decía que
toda la familia era fugitiva de algún lugar del extranjero, debido a algo que habían hecho. Despues
de todo, ¿Quién podía decirlo? Parecían sospechosos; actuaban de un modo raro; quizás lo eran.
Desde luego, nadie podía decirlo a ciencia cierta. La histeria en masa de la quema de brujas y los
rumores de posesiones satánicas no habían penetrado hasta esta parte de la región. No había indicios
de altares en los bosques, ni las espectrales presencias forestales de los mitos indios. Ninguna
desaparición -bovina o humana- podía ser imputada a la familia Maglore. Legalmente, su historial
estaba limpio. Pero la gente les temía. Y éste último -Simon- era el peor.
Nunca se había comportado como es debido. Su madre murió al nacer él. Habían tenido que traerse
a un doctor de fuera del pueblo -ningún hombre de la localidad habría tratado un caso así. El bebé,
además, había nacido casi muerto. Durante algunos años nadie le había visto. Su padre y su tío
habían dedicado todo su tiempo a cuidar de él. Cuando tenía siete años, el muchacho había sido
enviado a una escuela privada. Regresó una vez, cuando tenía casi doce años. Fue cuando murió su
tío. Se volvió loco, o algo así. En cualquier caso, tuvo una especie de ataque, que acabó
desembocando en una hemorragia cerebral, según dijo el doctor.
Simon era por entonces, un muchacho muy apuesto -excepto por la giba, claro está. Pero no parecía
estar muy desarrollada en aquel tiempo -de hecho, era bastante pequeña. Se quedó algunas semanas,
y luego regresó de nuevo a la escuela. No había vuelto a aparecer hasta la muerte de su padre, hacía
dos años. El anciano había muerto a solas en su gran casa, y el cuerpo no había sido descubierto
hasta varias semanas después. Un vendedor ambulante había llamado; entró en el abierto vestíbulo,
y encontró al viejo Jeffrey Maglore muerto en su gran butacón. Sus ojos estaban abiertos, y velados
por una mirada de espantoso temor. Ante él, había un gran libro de hierro, cubierto de extraños e
indescifrables caracteres.
Un médico, convocado apresuradamente, pronunció que su muerte se debía a un fallo cardíaco.
Pero el vendedor, tras escrutar aquellos ojos cubiertos de pavor, y mirando las grotescas e
inquietantes figuras del libro, no estaba tan seguro de ello. No tuvo oportunidad de curiosear por
allí, de todos modos, pues aquella noche llegó el hijo. La gente le miró de un modo extraño cuando
vino, pues aún no se le había enviado aviso alguno sobre la muerte de su padre. Callaron, también,
cuando él les mostró una carta de hacía dos semanas, con la escritura del viejo, que anunciaba una
premonición de muerte inminente, y aconsejaba al joven que regresara a casa. Las cuidadosas y
contenidas frases de aquella carta, parecían tener un significado secreto; pues el joven nunca llegó a
preguntar sobre las circunstancias de la muerte de su padre. El funeral fue privado; y el consiguiente
entierro tuvo lugar en la cripta familar, junto a la casa.
Los insólitos y peculiares eventos que rodearon el regreso al hogar de Simon Maglore, pusieron
inmediatamente en guardia a la gente. Tampoco ocurrió nada que alterara su opinión original acerca
del muchacho. Permanecía solo todo el tiempo, en aquella casa silenciosa. No tenía criados, y no
hizo amigos. Sus poco frecuentes viajes al pueblo, los hacía con el único propósito de obtener
vituallas. Se las llevaba él mismo, en su coche. Compraba una buena cantidad de carne y pescado.
De vez en cuando paraba por la farmacia, donde compraba sedantes. No parecía nada comunicativo,
y contestaba a todas las preguntas con monosílabos. Aún así, era obviamente, una persona bien
educada. En general, se rumoreaba que estaba escribiendo un libro. Gradualmente, sus visitas se
hicieron cada vez menos frecuentes.