ROBERT BLOCH Biografia y Compilado De Relatos.pdf


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halla por completo rodeado de bosques, y de suaves prados bañados por el sol en los que la gente de
las granjas vive en serena felicidad. El peso de la civilización moderna ha caído muy débilmente
sobre esta gente y sus maneras tranquilas. Son pocos los automóviles, tractores y demás. Hay
algunos teléfonos, y a unas cinco millas de distancia, la Autovía del Estado proporciona un cómodo
acceso al pueblo. Eso es todo. Las casas son viejas, las calles rectas. Los artistas, diletantes
suburbanos y ascetas profesionales aún no han invadido aquel bucólico escenario. El número de
veraneantes es pequeño y selecto. Unos cuandos cazadores y aficionados a la pesca, pero nada de
ese gentío ordinario que sale a cazar por placer. Las familias de por allí no comparten esos gustos;
ignorantes y poco sofisticados como son, reconocen fácilmente la vulgaridad.
Así que mi entorno era ideal. El lugar en el que me hospedaba era un hostal de tres plantas junto al
mismo lago -la Casa Kane, regentada por Absolom Gates. Era un personaje de la vieja escuela; un
vigoroso y encanecido veterano cuyo padre se había dedicado a la pesca hasta finales de los sesenta.
Él mismo era un apasionado de todo lo referente a la pesca; pero sólo desde la ventana del salón
Waltonian. Su instalación era algo así como la Meca de los pescadores. Las habitaciones eran
grandes y aireadas; la comida abundante y excelentemente preparada por la hermana viuda de
Gates. Tras mi primera inspección, me preparé a disfrutar de una estancia notablemente placentera.
Entonces, en mi primera visita al pueblo, me topé con Simon Maglore por la calle.
Conocí por primera vez a Simon Maglore durante mi segundo curso como instructor en la Escuela.
Incluso entonces, me había impresionado enormemente. Y no sólo debido a sus características
físicas, aunque eran bastante inusuales. Era alto y delgado, con unos hombros enormemente
grandes, y la espalda ligeramente inclinada. No se trataba de una joroba, en el sentido habitual de la
palabra, pero parecía sufrir un peculiar abultamiento tumoroso junto a su hombro izquierdo.
Intentaba disimular aquel bulto, con gran vergüenza, pero su prominencia hacía que dichos intentos
resultaran estériles. De todos modos, aparte de su desafortunada deformidad, Maglore había sido un
tipo muy bien parecido. De cabello negro, ojos grises, piel suave, parecía ser un fino especimen de
hombre inteligente. Y fue esa inteligencia lo que tanto me había impresionado de él. Su trabajo en
clase era rotundamente brillante, y en ocasiones alcanzaba calidades que rondaban el puro genio.
Pese al deje peculiarmente mórbido de su trabajo en poesía y ensayo, era imposible ignorar el poder
y la imaginación que podían producir tan salvajes escenarios y delirantes colores. Uno de sus
poemas -La Bruja está Ahorcada -le hizo merecedor del Premio Edsworth Memorial de aquel año, y
algunas de sus obras principales, fueron reeditadas en ciertas antologías privadas.
Desde el principio, sentí un gran interés hacia ese joven y su inusual talento. Al principio, no había
respondido a mis intentos por llegar a él; me supuse que era un alma solitaria. Hasta qué punto era
ésto debido a su peculiaridad física o a su actitud mental, es algo que no puedo decir. Había vivido
solo en el pueblo, y se decía que tenía grandes metas. No se mezclaba con los demás estudiantes,
aunque le habrían aceptado de buena gana, por su ánimo dispuesto, su encantadora disposición, y su
vasto conocimiento del arte y la literatura. De cualquier modo, gradualmente, conseguí imponerme
a su natural reticencia, y me gané su amistad. Me invitó a sus habitaciones, y hablamos.
Y fue entonces cuando averigüé sus firmes creencias en lo oculto y esotérico. Me habló de sus
antepasados en Italia, y del interés que habían mostrado por la brujería. Uno de ellos había sido
agente de los Medici. Habían emigrado a América en épocas tempranas, debido a ciertos cargos
lanzados contra ellos por la Santa Inquisición. También me habló de sus propios estudios en los
reinos de lo desconocido. Sus habitaciones estaban plagadas de extraños dibujos que había
confeccionado a partir de sueños, e imágenes de arcilla, aún más extrañas. Sus estanterías contenían
multitud de libros raros y antiguos. Observé la obra de Ranfts, "De Masticatione Mortuorum in
Tumulis" (1734); la valiosísima "Cábala de Saboth" (traducción griega, circa 1686); los
"Comentarios sobre la Brujería", de Mycroft; y el infame "Los Misterios del Gusano", de Ludvig