ROBERT BLOCH Biografia y Compilado De Relatos.pdf


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La sesión, la amenaza de los malos espíritus, contestaron a esta pregunta. La contesté yo mismo.
Ya sabía por qué me había levantado de la tumba, quién y qué era, cuando cogí en brazos a Viola.
Sí, la cogí entre mis brazos y clavé mis colmillos en su garganta. Esto contestó la pregunta.
Yo era un vampiro.
EL HOMÚNCULO - The Mannikin
Háganse a la idea de que no puedo jurar que mi historia sea cierta. Pudiera haber sido un sueño; o
peor aún, un síntoma de algún severo desorden mental. Pero yo creo que es cierta. Despues de todo,
¿Cómo podemos estar seguros de todas las cosas que hay sobre la tierra? Aún existen
monstruosidades extrañas, y espantosas e increibles perversiones. Cada año que pasa, cada nuevo
descubrimiento geográfico o científico, saca a la luz algún nuevo fragmento de la macabra
evidencia de que el mundo no es, exactamente, el lugar que imaginamos. En ocasiones ocurren
incidentes peculiares, que rozan la locura más absoluta.
¿Cómo podemos estar seguros de la validez de nuestras patéticas concepciones de la realidad? A
cada hombre entre un millón, le es revelado un espantoso conocimiento, y el resto de nosotros
permanecemos piadosamente ignorantes. Ha habido viajeros que jamás regresaron, y trabajadores
de minería que desaparecieron. Y algunos de los que regresaron, fueron considerados locos, debido
a lo que contaron, y otros prefirieron ocultar la sabiduría que tan horriblemente les había sido
revelada. Ciegos como somos, sabemos muy poco de aquello que acecha más allá de nuestra vida
normal. Ha habido relatos sobre serpientes marinas y criaturas de las profundidades; leyendas de
enanos y gigantes; informes de raros horres médicos y partos antinaturales. Asombrosas pesadillas
de la personalidad humana, han salido a la luz bajo el espantoso estímulo de la guerra, de la plaga o
de la hambruna. Ha habido caníbales, necrófilos, y gules, ritos impíos de adoración y sacrificio;
maniacos homicidas, y crímenes blasfemos. Y cuando pienso, entonces, en lo que he visto y oído, y
lo comparo con otras grotescas e increibles realidades, comienzo a temer por mi razón.
Pero si existe alguna explicación cuerda de este asunto, le imploro a Dios que se me diga, antes de
que sea demasiado tarde. El Doctor Pierce me dice que debo calmarme; me aconsejó que escribiera
esta narración con el fín de mitigar mi aprensión. Pero no estoy calmado, y nunca me calmaré hasta
que sepa la verdad de una vez por todas; hasta que esté enteramente convencido de que mis miedos
no están fundados en una espantosa realidad.
Ya era un hombre nervioso, cuando acudí a descansar a Bridgetown. Había sido una dura prueba,
aquel año en la escuela, y me hallaba muy feliz de apartarme de la tediosa rutina de las clases. El
éxito de mis cursos de lectura aseguraban mi puesto en la facultad para el próximo año, y en
consecuencia, aparté de mi mente cualquier especulación académica, cuando decidí tomarme unas
vacaciones. Elegí ir a Bridgetown debido a las excelentes posibilidades que el lago me brindaba
para la pesca de trucha. Las instalaciones que elegí, de entre toda la voluminosa literatura sobre
hoteles, consistían en un lugar tranquilo y pacífico, según anunciaba el sencillo folleto. No ofrecía
un campo de golf, un paseo, o una piscina cubierta. No hacía mención de ningún enorme salón de
bolos, una orquesta de dieciocho piezas, o una cena formal. Y lo mejor de todo, el anuncio ni
siquiera ensalzaba la grandeza escénica del lago y el bosque. No proclamaba, polisilábicamente, que
el Lago Kane era "Un eterno paraiso de la Naturaleza, en el que cerúleos cielos y frondosa
vegetación impelen al gozoso visitante a saborear los gozos de la juventud". Por aquel motivo, hice
la reserva, llené mi maleta, preparé un par de pipas y salí.
Quedé más que satisfecho con el lugar, cuando llegué. Bridgetown es un pueblo pequeño y rústico;
un apartado superviviente de días más antiguos y sencillos. Situado en el mismo Lago Kane, se