ROBERT BLOCH Biografia y Compilado De Relatos.pdf

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Prinn.
Realicé numerosas visitas a sus apartamentos, antes de que Maglore abandonara la Escuela,
repentinamente, en el otoño del año 33. La muerte de sus padres le hizo acudir al Este, y partió sin
despedirse. Pero en el fondo, había aprendido a respetarle bastante, y sentía un profundo interés por
sus planes futuros, que incluían un libro sobre la historia de la pervivencia de los cultos de brujas en
América, y una novela que trataba sobre el efecto psicológico de la superstición sobre la mente.
Nunca me escribió, y no volví a saber nada más de él hasta este encuentro casual en la calle del
pueblo.
Me reconoció. Dudo mucho que yo hubiera sido capaz de identificarle a él. Había cambiado.
Mientras nos estrechábamos la mano, noté su apariencia desastrada y poco cuidada. Parecía más
viejo. Su rostro era más delgado, y mucho más pálido. Tenía oscuras sombras en torno a sus ojos -y
en ellos. Sus manos temblaban; su rostro forzaba una sonrisa sin vida. Su voz era más profunda al
hablar, pero preguntó por mi salud del mismo modo encantador que siempre lo había hecho.
Rápidamente le expliqué el motivo de mi presencia allí, y comencé a preguntarle.
Me informó de que vivía allí, en la pequeña ciudad; había vivido allí desde la muerte de sus padres.
Estaba trabajando de lleno en sus libros, pero sentía que el resultado de su labor justificaba de sobra
cualquier inconveniente físico que pudiera sufrir. Se disculpó por su desaseado aspecto y sus
maneras cansadas. Deseaba tener una larga charla conmigo alguna de estas noches, pero iba a estar
muy atareado durante los próximos días. Posiblemente, a la semana siguiente, podría ir a visitarme
al hotel -en aquel momento había salido a comprar papel al colmado del pueblo y se disponía a
regresar a su casa. Con una precipitada despedida, me volvió la espalda y se alejó.
Y al hacerlo, recibí otro sobresalto. El bulto de su espalda había crecido. Ahora era virtualmente el
doble de grande de lo que era cuando le conocí, y no había ya posibilidad alguna de ocultarlo.
Indudablemente, el trabajo duro se había cobrado un precio severo en las energías de Maglore.
Pensé en un sarcoma, y me estremecí. Caminando de vuelta al hotel, estuve dándole vueltas a la
cabeza. La apariencia de Simon me preocupaba. No era saludable para él, el trabajar tan duro, y la
elección de sus temas puede que no fuera la adecuada. El constante aislamiento y la tensión
nerviosa se habían combinado para minar su constitución de un modo alarmante, y tomé la
determinación de ofrecerme como mentor de sus actos. Resolví visitarle a la menor oportunidad, sin
esperar a una invitación formal. Algo tenía que hacer.
A mi llegada al hotel se me ocurrió otra idea. Le preguntaría a Gates qué era lo que sabía sobre
Simon y su trabajo. Quizás hubiera algo interesante aparte de su actividad, que pudiera explicar su
curiosa transformación. De modo que busqué al entrañable caballero y le expuse la cuestión.
Lo que aprendí de él me dejó perplejo. Por lo visto, a los habitantes no le gustaban ni el Amo
Simon, ni su familia. Sus antepasados habían sido bastante adinerados, pero su nombre había sido
enturbiado por una dudosa reputación, incluso desde los primeros días. Brujas y hechiceros, tanto
unos como otros, constituían su árbol genealógico. Sus oscuras actividades habían sido
cuidadosamente ocultadas al principio, pero la gente de su entorno podía atestiguarlo. Por lo visto,
casi todos los Maglore habían poseído ciertas malformaciones físicas que les habían hecho
sospechosos. Algunos habían nacido con velos en los ojos; otros con pies palmeados. Uno o dos
habían sido enanos, y todos ellos habían sido acusados, en algún momento, de poseer el popular
"mal de ojo". Algunos de ellos habían sido nictálopes, podían ver en la oscuridad. Simon no era, por
lo visto, el primer jorobado de la familia. Su abuelo lo había sido, y antes que él, su tatarabuelo.
Había también, muchos indicios de endogamia y de ser un clan cerrado. Eso, en opinión de Gates y
de su gente, apuntaba claramente a una cosa... Brujería. Y tampoco era la única evidencia. ¿Acaso
