ROBERT BLOCH Biografia y Compilado De Relatos.pdf

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condujeron más allá de los confines del cementerio. La galerna parecía guiar mis pasos por la acera
de una calle desierta. Anduve, casi sin darme cuenta.
¿Quién era yo? ¿Cómo había fallecido? ¿Cómo podía revivir? Anduve bajo la lluvia, por la oscura
calle, solo en el mojado terciopelo de la noche. ¿Quién era yo? ¿Cómo había fallecido? ¿Cómo
podía revivir?
Atravesé una calle, penetré en otra más estrecha, aún empujado por el viento y la risotada de los
truenos que se burlaban de mi asombro. ¿Quién era...? Lo sabia. Mi nombre... la calle me lo dijo.
Summit Street. ¿Qulén vivía en Summit Street? Arthur Derwin, de Summit Street. Yo era Arthur
Derwin. Era... algo que no podía recordar. Había vivido muchos años y, sin embargo, sólo
conseguía recordar mi nombre. ¿Cómo había muerto?
Había acudido a una sesión espiritista; se apagaron las luces y la señora Price invocó a alguien. Dijo
algo sobre las influencias del mal y las luces se encendieron.
Pero no se encendieron.
Y debían de haberse encendido.
Sí, estaban encendidas, pero no para mí.
Yo había muerto. Muerto en la oscuridad de la sesión. ¿Qué me mató? ¿Tal vez el espanto? ¿Qué
sucedió después? La señora Price había callado. Yo vivía solo en la ciudad; me habían enterrado
apresuradamente en una tumba de pobre.
-Un ataque al corazón -sentenció el coroner. Nada más.
Esto fue todo. Y, sin embargo, yo era Arthur Derwin, y seguramente a alguien le habría importado
mi muerte. "Bramin Street", anunció la enseña de la calle a la luz del relámpago. Bramin Street... A
alguien le habría importado: a Viola. Viola era mi prometida. Habla amado a Arthur Derwin. ¿Cuál
era su apellido? ¿Dónde la conocí? ¿Cómo era?
"Bramin Street".
Otra vez la enseña. Inconscientemente, mis pies continuaron su camino. Estaba recorriendo Bramin
Street sin pensar en la tormenta. Bien. Dejé que mis pies me guiasen. No quería pensar. Mis pies me
conducirían, por costumbre, a casa de Viola... Allí sabría... Bien, no debía pensar. Sólo andar en
medio de la tormenta. Anduve, con los ojos cerrados ante las tinieblas que azotaba el trueno. Me
alejaba de la muerte y ahora tenía hambre. Tenía hambre y sed en la noche, hambre de ver a Viola y
sed de sus labios. Por ella regresaba de la muerte..., ¿o era esto demasiado poético?
Salí de la tumba y volví a dormir en ella y de nuevo me levanté y sondeé el mundo sin memoria.
Era algo grotesco, fúnebre, macabro. Yo fallecí en la sesión. Mis pies iban chapoteando en la calle
inundada por la lluvia. No sentía frio ni la humedad. Por dentro estaba ardiendo, ardiendo con el
recuerdo de Viola, de sus labios, de su cabello. Era rubia. Tenía una cabellera como la luz del sol,
ojos azules y tan profundos como el mar, y una tez con la blancura de los flancos de un unicornio.
Recordé habérselo dicho mientras la tenía entre mis brazos. Sabía que su boca era como una
hendidura escarlata que producía el éxtasis. Ella era el hambre que yo sentía, ella el ardíente deseo
que me conducía a su puerta a través de las nieblas de mi memoria. Jadeaba, pero sin saberlo.
Dentro de mí giraba como una rueda que había sido antaño mi cerebro y ahora era sólo un volante
verde que giraba dejándome ver imágenes caleidoscópicas de Viola, de la tumba, de una sesión de
espiritismo, de presencias perversas y de una muerte inexplicable. Viola estaba interesada en el
misticismo. Fuimos juntos a la sesión. La señora Price era una médium famosa. Yo me morí en la
sesión y me desperté en la tumba. Y ahora regresaba para ver a Viola. Regresaba para averiguar algo
de mí mismo. Ahora sabía quién era yo y cómo había muerto. ¿Pero cómo revivía?
