ROBERT BLOCH Biografia y Compilado De Relatos.pdf

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embargo, estaba vivo. Entonces hallé fuerzas. Mis manos comenzaron a arañar y empujar
frenéticamente la superficie que tenía sobre mi cabeza. Logré aferrar los costados de mi prisión y
empujé con todas mis fuerzas, en tanto mis pies golpeaban el extremo inferior de la caja. Pegué
puntapiés, vigorosos puntapiés. Una nueva fuerza, la fuerza de los locos, penetró en mi sangre. Con
salvaje frenesí, en una agonía nacida del hecho de no poder gritar y darle expresión, golpeé con
ambos pies el extremo del ataúd, y por fin sentí cómo cedía la madera, astillándose. Los lados
también crujieron, mis ensangrentados dedos se aferraron a la tierra y rodé sobre mi mismo,
escarbando la húmeda y blanda tierra. Seguí escarbando hacia arriba, en una especie de
desesperación y anhelo incontenibles mientras trabajaba. Sólo el instinto combatía el insano horror
que se había apoderado de mi ser y lo transformaba en la actividad que sólo podía salvarme.
Debieron enterrarme apresuradamente, ya que había poca tierra sobre mi tumba. Medio asfixiado y
sofocado, me abrí camino hacia arriba después de interminables siglos de delirio, durante los cuales
el polvo de mi sepultura me cubrió, en tanto yo me escurría como un gusano hacía la superficie. Mis
manos lograron por fin formar una cavidad. Ascendí vigorosamente y salí al exterior. Me arrastré a
la luz de la luna que inundaba un mundo compuesto de hongos de mármol, que surgían
abundantemente de los montones de hierba que me rodeaban. Algunas de las fantásticas losas tenían
forma de cruz, otras lucían cabezas o grandes bocas como urnas. Eran las lápidas de las sepulturas,
naturalmente, pero sólo las veía como hongos, gordos, bajos, de una palidez mortal, que extendían
sus raíces bajo tierra para buscar su alimento. Me quedé tendido, mirándolo todo, así como el pozo
por el que acababa de pasar de la muerte a la vida nuevamente.
No podía, no quería pensar. Las palabras "Edgar Allan Poe" y Entierro prematuro, habían asaltado
imprevistamente mi cerebro y ahora, por un desconocido motivo, empecé a susurrar con una voz
ronca, rasposa, que por fin sonó más clara:
-¡Lázaro, Lázaro, Lázaro...!
Gradualmente, mi jadeo cesó y logré aspirar grandes bocanadas de aire fresco que cantó al hundirse
en mis agotados pulmones. Volví a contemplar la sepultura..., mi sepultura. No tenía lápida. Era una
tumba miserable, en un sector miserable del cementerio. Probablemente un Campo de Alfarero.
Estaba cerca de los límites de la necrópolis, y la maleza asediaba aquellas míseras tumbas. No había
lápidas, lo cual me recordó mi pregunta. ¿Quién era yo?
Era un problema único. Antes de morir yo había sido alguien, pero ¿quién? Seguramente se trataba
de un nuevo caso de amnesia. El retorno a una nueva vida en el verdadero sentido de la frase.
¿Quién era yo? Era gracioso que pudiese recordar palabras como "amnesia" y, sin embargo, no
pudiese asociarlas con algo personal de mi pasado. Mi mente estaba completamente en blanco. ¿Era
el resultado de la muerte? ¿Era algo permanente o mi mente despertaría al cabo de unas horas, lo
mismo que había sucedido con mi cuerpo? De lo contrario, me vería en un terrible apuro... Ignoraba
mi nombre, mi estado, lo que había sido. A través de mi cerebro pasaron alocadamente los nombres
de diversas ciudades: Chicago, Milwaukee, Los Angeles, Washington, Bombay, Shangai, Cleveland,
Chichen Itzá, Pernambuco, Angkor Wat, Roma, Omks, Cartago... No pude asociar ni una sola
conmigo, ni explicar cómo conocía tales nombres. Recordé calles: Mariposa Boulevard y Michigan
Avenue, Broadway, Center Street, Park Lane y Champs Elisées. Nada significaban para mí. Pensé
nombres propios: Felix Kennaston, Ben Blue, Ralph Waldo Emerson, Studs Lonigan, Arthur
Gordon Pym, James Gordon Bennet, Samuel Butler, Igor Stravinsky... y no forjaron ninguna
imagen en mi cerebro. Podía ver todas las calles, visualizar a toda la gente, imaginarme todas las
ciudades, pero no podía asociarme con ninguno de tales nombres.
Comedia, tragedia, drama: era una triste escena para ser interpretada en un cementerio a la caída de
la noche. Me había escurrido de una tumba sin lápida, y lo único que sabía era que yo era un
hombre. Pero ¿quién? Mis ojos se pasearon por mi persona, tendida en la hierba. Bajo el barro y el
