ROBERT BLOCH Biografia y Compilado De Relatos.pdf

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polvo distinguí un traje oscuro, desgarrado en varios lugares, y descolorido. Cubría el cuerpo de un
hombre de alta estatura; un cuerpo delgado, poco musculado y un pecho aplastado. Mis manos, al
recorrer mi persona, eran largas y extrañamente delgadas; no eran manos de campesino. No pude
saber nada de mi cara, aunque pasé mis manos por todas sus facciones. De una cosa estaba seguro:
fuese cual fuese la causa de mi aparente muerte, yo no estaba físicamente mutilado. La fuerza me
impulsó a levantarme. Me puse de pie y me tambaleé sobre la hierba. Durante unos minutos sentí la
ebria sensación de flotar, pero gradualmente el terreno se tomó sólido bajo mis pies, y trabé
conocimiento con la frialdad de la noche y del viento que azotaba mi frente, al tiempo que
escuchaba con indecible gozo el chirrido de los grillos en un próximo lodazal. Di una vuelta por las
tumbas, contemplé el encapotado cielo y sentí caer el rocío y la humedad.
Pero mi cerebro estaba solo, separado, luchando con los invisibles demonios de la duda. ¿Quién era
yo? ¿Qué iba a hacer? No podía vagar por las calles en mi desordenado estado físico. Si me
presentaba a las autoridades me encerrarían por loco. Además, no quería ver a nadie. De pronto
comprendí esto. No quería ver luces ni gente. Yo era... diferente.
"Tenía en mi la sensación de la muerte". ¿Estaría aún...?
Incapaz de soportar esta idea, busqué pistas frenéticamente. Traté por todos los medios de despertar
mi dormida memoria. Caminando incansablemente durante la noche, combatiendo el caos y la
confusión, batallando contra las nubes tenebrosas que rodeaban mi cerebro, anduve arriba y abajo
por los más apartados rincones del cementerio. Exhausto, miré el iluminado cielo. Y entonces mis
ideas se alejaron, y también mi confusión. Sólo estaba seguro de una cosa, de la necesidad de
descansar, de tener paz, olvido. "¿Era un deseo de muerte? ¿Había salido de la tumba sólo para
volver a ella?"
No lo supe ni me importaba. Movido por un impulso tan inexplicable com6 arrollador, me arrastré
hacia las ruinas de mi sepultura, entré, envolviéndome en las tinieblas como un agradecido gusano,
y la tierra me cayó encima. Había suflciente aire para permitirme respirar mientras estuviese
tendido en mi ataúd. Mi cabeza cayó hacia atrás y me instalé en mi ataúd para dormir...
Los rumores y ruidos de mis sueños murieron sin poder recordarlos. Se alejaron de mis sueños y
volví a la realidad hasta que me incorporé y empecé a empujar la tierra que me oprimía. ¡Estaba en
la tumba! Otra vez el terror. Había albergado la esperanza de que todo fuese un sueño, y que el
despertar me traería a la bella realidad. Pero estaba en la tumba, y la tormenta reinaba en lo alto. Me
arrastré al exterior. Todavía era de noche, o más bien, el instinto me hizo comprender que volvía a
ser de noche. Debí dormir todo el día. Esta tormenta mantenía a la gente lejos del cementerio y por
esto no habían podido darse cuenta del estado de mi tumba. Me icé a la superficie y la lluvia me
azotó desde el cielo con inusitada furia. Y sin embargo me sentí feliz; feliz por la vida que ya
conocía. Bebí la lluvia; el trueno me maravilló como si fuese una sinfonía. Me admiró la
esmeraldina belleza del relámpago. ¡Yo estaba vivo!
A mi alrededor, los cadáveres corrompidos y putrefactos no podían, a pesar del furor desencadenado
de todos los elementos, alimentar una chispa de existencia o de memoria. Mis pobres pensamientos,
mi pobre vida, eran infinitamente preciosos en comparación con aquellos desdichados. Yo había
engañado a los gusanos y las larvas. ¡Que aullara la tormenta! Yo aullaría con ella, compartiendo
aquella cósmica majestad. Vitalizado en el verdadero sentido de la palabra, eché a andar. La lluvia
se llevaba las manchas de mis ropas y mi cuerpo. Singularmente, no sentía frío ni la humedad que
me rodeaba. Estaba enterado de todo ello, pero no penetraban en mi cuerpo. Por primera vez
comprendí otra cosa extraña: no estaba hambriento ni tenía sed. Al menos, no parecía tenerlos.
¿Habría muerto mi apetito con mi memoria? Reflexioné. Memoria..., el problema de la identidad
todavía me apremiaba. Seguí andando, impulsado por la tormenta. Aún meditando, los pies me
