ROBERT BLOCH Biografia y Compilado De Relatos.pdf


Vista previa del archivo PDF robert-bloch-biografia-y-compilado-de-relatos.pdf


Página 1...29 30 313233146

Vista previa de texto


Me asaltó la idea: la primera idea real, ya que antes sólo había estado enterado de existir. Me
pregunté cuál sería la naturaleza de mi ser. ¿Quién era yo? Era un hombre. La palabra "hombre"
evocó ciertas asociaciones que lucharon por surgir de entre el dolor, de entre la pulsación del
corazón y la sensación jadeante de los pulmones. Si era un hombre, ¿qué estaba haciendo? ¿Y
dónde estaba yo?
Como respuesta a la idea, mí conocimiento aumentó. Yo poseía un cuerpo, por tanto, tenía manos,
orejas, ojos Debía pues, tratar de sentir, oír y ver. Pero no podía. Mis brazos estaban agarrotados
como masas de hierro inamovibles. Mis oídos sólo captaban el sonido del silencio y la pulsación
que resonaba dentro de mi torturado cuerpo. Mis ojos estaban sellados por el peso plúmbeo de mis
enormes párpados. Comprendí esto y sentí pánico. ¿Qué había sucedido? ¿Qué me pasaba? ¿Por
qué no podía sentir, ver y oír? Había sufrido un accidente y me hallaba tendido en un lecho de
hospital bajo los efectos del éter. Esta era una explicación. Tal vez estuviese tullido: ciego, sordo,
mutilado. Sólo mi alma existía débilmente, como el susurro de las ráfagas de viento por entre las
ruinas de una casa muy antigua.
¿Pero qué accidente? ¿Dónde me hallaba antes del mismo? Claro, debía haber vivido. ¿Cuál debía
ser mi nombre? Me resigné a la oscuridad mientras forcejeaba por aclarar estos enigmas, y la
oscuridad era grata. Mi cuerpo y la oscuridad parecían hallarse igualmente separadas, pero
mezclándose entre sí. Era sosegado... demasiado sosegado para los pensamientos que zumbaban en
mi cerebro. Los pensamientos luchaban y gritaban, y finalmente atronaron mi mente hasta que me
desperté. Sentí la sensación que recordaba vagamente de tener "un pie dormido". Pero ahora esta
sensación se extendía por todo mi cuerpo, de forma que una ligera picazón me dio la sensación,
poco a poco, de tener unos brazos, unas manos, un pecho y unas piernas y pies. Sus líneas fueron
"emergiendo", quedando definidas por aquella picazón. Algo taladró mi espinazo, como si la broca
del dentista la estuviese atravesando. Simultáneamente, tuve conocimiento de que mi corazón era
un tambor congoleño dentro de mi pecho, mis pulmones hinchadas calabazas que se elevaban y
descendían a un ritmo frenético. Me gocé en el dolor, ya que por él sentía. La sensación de
separación desapareció y comprendí que yo, completo, intacto, yacía sobre algo blando. Pero
¿dónde?
Esta fue la pregunta siguiente y de súbito tuve las suficientes energías como para solucionar el
problema. Abrí los ojos. No vieron nada más que la continuación de la negrura que se agitaba tras
mis entornados párpados. Si acaso, una oscuridad más profunda, más mórbida. No podía divisar
nada de mi cuerpo y, sin embargo, tenía los ojos abiertos. ¿Estaba ciego? Mis oídos no captaban
otro sonido que el de la misteriosa inspiración de mis pulmones. Mis manos se movieron tan
lentamente en mis costados, rozando una tela, que me dijeron que mis miembros estaban arropados,
pero no abrigados. Unos centímetros... Mis manos tropezaron con superficies sólidas, seguras, a
cada lado. Alcé las manos hacia arriba, impulsado por el temor. Veinte centímetros y otra sólida
superficie de madera. Extendí los pies y a través de las puntas de los zapatos toqué madera. Abrí la
boca y surgió un sonido. Fue sólo un estertor, aunque yo había querido gritar. Por entre mis ideas
giraba vertiginosamente un nombre..., un nombre que se abrió paso a través de la bruma y se elevó
como un símbolo de mi irrazonable miedo. Yo sabía un nombre y quise proclamarlo.
"Edgar Alan Poe".
Entonces, mi ronca voz susurró lo que yo temía estaba en relación con este nombre:
-¡El entierro prematuro! -susurré-. Poe lo escribió. ¡Yo soy... un ser vivo!
Estaba en un ataúd de madera, con el aire viciado de mi propia corrupción penetrando en mis
pulmones, quemándolos, a través de mi olfato. Me hallaba en un ataúd, enterrado en la tierra y, sin