ROBERT BLOCH Biografia y Compilado De Relatos.pdf

Vista previa de texto
intentando ocultar aquel inusual fenómeno. Salió rápidamente, sin mediar palabra, y corrió por el
camino en dirección a su coche. Corrió como un mono, se introdujo frenéticamente en el interior del
coche, y lo puso en marcha precipitadamente, haciendo que las ruedas rechinaran, mientras se
alejaba del patio a toda prisa. Desapareció en la noche, dejando detrás a un hombre entristecido e
intrigado, que no tardó en difundir entre sus amigos, el relato de su fantástico visitante.
Desde entonces, sus paseos habían cesado bruscamente, y hasta aquella misma tarde, Maglore no
había vuelto a aparecer en el pueblo. Pero la gente seguía hablando, y no era bienvenido. Le hacían
el vacío a ese hombre, fuera lo que fuera. Ésta era, en resumen, la historia de mi amigo Gates.
Cuando terminó, me retiré a mi alcoba sin hacer comentarios, para meditar sobre el relato. No me
inclinaba a apoyar las supersticiones locales. Mi larga experiencia en tales materias me hacían
desacreditar automáticamente la mayoría de sus detalles. Sabía lo bastante de la psicología rural
como para darme cuenta de que cualquier cosa fuera de lo ordinario es mirada siempre con
sospecha. Supongamos que la familia Maglore vivía recluida: ¿Y qué? Cualquier grupo de
procedencia extranjera tendería a vivir apartado. Parecía garantizada una predisposición racial a la
deformidad... lo cual no les convertía en brujos. La masa ha perseguido a mucha gente acusándoles
de brujería, cuando su único crimen consistía en poseer algún defecto físico. Incluso la endogamia
era algo fácil de esperar cuando se sufría de ostracismo social. Pero ¿Qué había de mágico en todo
aquello? Esas cosas son bastante comunes entre la gente del campo, no sólo entre los extranjeros.
Además. ¿Libros raros? Seguramente. ¿Nictalopía? Era algo bastante común en todo el mundo.
¿Locura? Quizás... una mente solitaria suele degenerar. Simon era brillante, de todos modos.
Desafortunadamente, su atracción hacia lo místico y lo desconocido le estaban conduciendo a la
abstacción. Había sido una mala idea el buscar información para su libro entre la analfabeta
población de aquel sitio. Naturalmente, eran intolerantes y desconfiados. Y su paupérrima condición
física conseguía una importancia exagerada ante los ojos de aquellos crédulos pueblerinos.
Aún así, probablemente había la suficiente verdad en aquella narración distorsionada como para
hacer que fuera imperativo el hablar al momento con Maglore. Debía salir de aquella atmósfera
insana, y ver a un médico eficiente. Su genio no debía ser malgastado o destruído por tal obstáculo
ambiental. Le asfixiaba, mental y físicamente. Me decidí a visitarle a la mañana siguiente. Tras
aquella resolución, bajé a cenar, di un corto paso por el embarcadero del lago, a la luz de la luna, y
me retiré a dormir.
A la tarde siguiente, me dispuse a cumplir mi propósito. La Mansión Maglore se alzaba en una
explanada a una media milla de Bridgetown, y se reflejaba fantasmalmente sobre el lago. No era un
lugar agradable; era demasiado viejo, y demasiado descuidado. Imaginé el aspecto que tendrían sus
destartaladas ventanas en una noche sin luna, y me estremecí. Aquellas aberturas vacías me
recordaban a un murciélago ciego. El tejado a dos aguas parecía su embozada cabeza, y las amplias
habitaciones laterales, coronadas con torrecillas, bien podían servir de alas. Cuando me percaté del
camino que seguían mis pensamientos me sentí sorprendido e inquieto. Mientras caminaba por el
largo paseo, a la sombra de los árboles, me esforcé en reprimir mi imaginación. Estaba allí por un
motivo concreto.
Me hallaba casi calmado cuando llamé al timbre. Su espectral sonido arrancó ecos por los
serpenteantes corredores del interior. Sonaron pasos débiles y vacilantes, y entonces, con un
chasquido, la puerta se abrió. Allí, recortado contra el umbral, estaba Simon Maglore. Maglore se
asomaba al crepúsculo gris, y la distorsionada forma de su cuerpo quedaba piadosamente sumergida
en una oleada de sombras. Había algo siniestro en el repelente ángulo que adoptaba al inclinarse así,
y no me atreví a mirar fijamente a su abultada espalda o a sus brazos, que colgaban lacios a los
lados. Tan sólo su rostro resultaba visible por completo. Era una máscara mortuoria de cera, con una
expresión vacía que parecía no reconocerme.
