ROBERT BLOCH Biografia y Compilado De Relatos.pdf


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algunos descubrimientos sorprendentes, que resultaban un pago generoso por sus esfuerzos. Le
resultaría emocionalmente agotador, en su actual estado, entrar en detalles sobre lo que estaba
haciendo, pero podía anticiparme que ya sólo sus hallazgos en el campo de la brujería abrirían
nuevos capítulos a la historia antropológica y metafísica. Estaba particularmente interesado en la
vieja tradición acerca de los "familiares"... las diminutas criaturas que se decía que eran los
emisarios del diablo, y que se suponía que ayudaban a la bruja o el hechicero bajo la forma de un
pequeño animal... una rata, un gato, un ave o un reptil. En ocasiones se representaban como
pertenecientes al cuerpo del mismo brujo, o nutriéndose de él. La idea de una "tetilla del diablo" en
los cuerpos de las brujas, allí donde sus familiares succionaban los nutrientes de su sangre, quedaba
plenamente iluminada por los hallazgos de Maglore. Su libro tenía también un aspecto médico;
tenía la firme convicción de presentar tales hechos sobre bases científicas. Los efectos de
desórdenes glandulares en los casos denominados de "posesión demoniaca" eran también
estudiados.
Y con aquello, Maglore terminó abruptamente. Se sentía muy cansado, me dijo, y necesitaba algo
de reposo. Pero confiaba en ver terminado en breve su trabajo, y entonces le gustaría marcharse
para un largo descanso. No era saludable para él, el vivir solo en aquella vieja casa, y en ocasiones
le asaltaban pensamientos extraños, y tenía raros lapsus de memoria. De todos modos, no tenía
alternativa en aquellos momentos, dado que la naturaleza de sus investigaciones demandaban tanto
privacidad como soledad. En ocasiones, sus experimentos requerían de ciertas vías y cursos para los
que era mejor no ser molestado, y no estaba muy seguro de cuánto tiempo podría seguir aguantando
la presión. De todos modos, lo llevaba en la sangre... probablemente yo ya estaba al corriente de que
procedía de una larga saga de necromantes. Pero basta de tales cosas. Me rogó que me fuera al
momento. Volvería a escucharle de nuevo, a primeros de la semana siguiente.
Mientras me levantaba, noté de nuevo lo débil y agitado que parecía Simon. Ahora caminaba con
una excesiva inclinación, y la presión sobre su espalda debía de ser enorme. Me condujo por el
largo vestíbulo hasta la puerta, y mientras guiaba el camino, noté el temblor de su cuerpo, mientras
se delimitaba contra el llameante crepúsculo que penetraba a través de los paños de las ventanas.
Sus hombros se movían con una lenta y suave ondulación, como si la giba de su espalda estuviera
latiendo de vida. Recordé el relato de Thatcherton, el viejo granjero, que clamaba haber visto
realmente tal movimiento. Durante un momento, me asaltó una poderosa náusea; entonces me di
cuenta de que la menguante luz estaba creando una ilusión óptica de lo más común.
Al alcanzar la puerta, Maglore se esforzó por despedirme apresuradamente. Ni siquiera extendió su
mano para un apretón de despedida, sino que se limitó a murmurar un breve "buenas noches", con
voz tensa y dubitativa. Le observé en silencio unos instantes cuán desmejorado parecía su rostro,
antaño apuesto, incluso ante la luz de rubí del ocaso. Entonces, mientras observaba, una sombra
reptó por su cara. Parecía ser púrpura y oscura, en una súbita y escalofriante metamorfosis. El
oscurecimiento aquel, se hizo más pronunciado, y leí el pánico en sus ojos. Incluso mientras me
forzaba a mí mismo a responder a su despedida, el horror se arrastró hasta su rostro. Su cuerpo cayó
en aquella peculiar y encogida postura que ya antes había notado, y sus labios se curvaron en una
macabra expresión. Por un momento, pensé de verdad que aquel hombre estaba a punto de
atacarme. En lugar de ello, se rió... una risa chillona, aguda, que ascendió oscuramente hasta mi
cerebro. Abrí la boca para hablar, pero él retrocedió hacia la oscuridad del vestíbulo y cerró la
puerta.
Me quedé estupefacto por la sorpresa, no del todo desprovista de miedo. ¿Estaría enfermo Maglore,
o en realidad era un demente? Cosas así de grotescas no parecían posibles en un hombre normal.
Me apresuré, avanzando en el brillante crepúsculo. Mi mente, embrujada, estaba inmersa en
profundas deliberaciones, y el distante sonido de los cuervos se mezclaba con mis pensamientos,
como una letanía malvada.