ROBERT BLOCH Biografia y Compilado De Relatos.pdf

Vista previa de texto
A la mañana siguiente, tras una noche de turbulentas deliberaciones, tomé una decisión. Funcionara
o no, Maglore debía marcharse, y al momento. Estaba a punto de sufrir un serio colapso físico y
mental. Sabiendo lo inútil que me iba a resultar, el regresar allí y dscutir con él, decidí que podía
emplear algunos métodos más fuertes para hacerle ver la luz. De modo que, aquella tarde, me
entrevisté con el Doctor Carstairs, el médico local, y le conté todo lo que sabía. Enfaticé
particularmente, el inquietante suceso de la tarde anterior, y le dije con franqueza lo que
sospechaba. Tras una larga discusión, Carstairs accedió a acompañarme al momento hasta la casa de
los Maglore, y allí tomar las medidas que fueran necesarias para sacarle de allí. En respuesta a mi
petición, el doctor trajo consigo los materiales necesarios para un completo examen físico. Una vez
que pudiera persuadir a Simon para que se sometiera a un diagnóstico médico, estaba seguro de que
vería que los resultados hacían necesario que se pusiera en tratamiento al instante.
El sol se ocultaba cuando me acomodé en el asiento del copiloto del Ford del Doctor Carstairs y nos
dirigimos a las afueras de Bridgetown por la carretera del sur, donde los cuervos emitían sus
peculiares sonidos. Nos movíamos lentamente, y en silencio. De modo que fuimos capaces de
escuchar claramente aquel singular y agudo alarido desde la vieja casa de la colina. Agarré el brazo
del doctor sin mediar palabra, y un segundo más tarde abandonábamos la carretera y nos
introducíamos en el patio de entrada. "Dese prisa", musité mientras recorría a toda prisa el paseo y
me disponía a subir de un salto los escalones hasta la cerrada puerta principal.
Golpeamos la madera con el puño, inútilmente, y entonces nos dirigimos a las ventanas del ala
izquierda. La luz del ocaso menguaba en una tensa y expectante oscuridad, mientras trepábamos por
la abertura y nos dejábamos caer sobre el suelo del interior. El Doctor Carstairs accionó una linterna
de bolsillo, y nos pusimos de pie. El corazón me retumbaba en el pecho, pero ningún otro sonido
rompió el silencio sepulcral mientras abríamos la puerta de la estancia y avanzábamos por el oscuro
vestíbulo hasta el estudio. A nuestro alrededor, sentí una horrible Presencia; un demonio al acecho
que vigilaba nuestro avance con ojos de insana burla, y cuya maligna alma se agitó con una risa
infernal mientras abríamos la puerta del estudio y descubríamos lo que yacía en su interior.
Entonces, ambos gritamos. Simon Maglore yacía a nuestros pies, con la cabeza girada, y sus
apretados hombros descansando sobre un pequeño lago de cálida sangre fresca. Estaba boca abajo,
y se había quitado la ropa de cintura para arriba, de modo que toda su espalda era visible. Cuando
vimos lo que allí descansaba, casi enloquecimos, y entonces comenzamos a hacer lo que debíamos,
intentando apartar nuestra mirada, en la medida de lo posible, de aquella cosa absolutamente
monstruosa del suelo.
No me pidan que lo describa con detalle. No puedo hacerlo. Hay ocasiones en las que los sentidos
se nublan piadosamente, debido a que una completa percepción podría ser fatal. Incluso ahora, hay
ciertas cosas que desconozco acerca de aquella abominación, y no me atrevo a permitirme
recordarlas. Tampoco les hablaré sobre los libros que encontramos en aquella habitación, o sobre el
terrible documento que había sobre la mesa, y que constituía la Obra Maestra inacabada de Simon
Maglore. Lo quemamos todo en la chimenea antes de llamar al pueblo solicitando un forense; y si el
doctor se hubiera salido con la suya, también habríamos destruído a la Cosa. Y fue entonces, cuando
apareció el forense para hacer su examen, cuando los tres juramos guardar silencio en lo
concerniente al modo exacto en el que Simon Maglore había hallado la muerte. Entonces nos
fuimos, pero antes de que yo hubiera quemado el otro documento... la carta dirigida a mí, que
Maglore se hallaba escribiendo en el momento de morir.
Y así, como ven, nadie lo supo jamás. Más tarde me encontré con que la propiedad me había sido
donada, y la casa está siendo demolida mientras escribo estas líneas. Pero debo hablar, aunque sólo
sea para aliviar mi propio tormento. No me atrevo a reproducir la carta por entero; pero sí puedo
