ROBERT BLOCH Biografia y Compilado De Relatos.pdf


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fustigaran para mantenerse al galope. La vieja calesa saltaba y daba bandazos y la lluvia silbaba en
el viento y era todo como un sueño espantoso, pero real. Era real cuando le conté a gritos a Cap
Pritchett lo que oí aquella vez en el bosque.
-Shoggoth -grité-. ¿Qué es un shoggoth?
Cap me cogió el brazo, y luego surgió un relámpago y pude ver su cara con la boca abierta. Pero no
me miraba a mí. Miraba el camino y lo que teníamos delante. Los árboles se habían como juntado
cubriendo la siguiente curva, y en la oscuridad parecía como si estuviesen vivos... se movían y se
inclinaban y se retorcían para cerrarnos el paso. Surgió un relámpago y pude verlos con claridad, y
también algo más. Era algo negro que estaba en el camino, algo que no era árbol. Algo negro y
enorme, agachado, esperando con unos brazos como cuerdas extendiéndose y contorsionándose.
-¡Shoggoth! -gritó Cap. Pero yo apenas le oí porque los truenos retumbaban ahora y el caballo soltó
un relincho y sentí un tirón de la calesa hacia un lado y el caballo se encabritó y casi caímos sobre
aquello negro. Pude notar un olor espantoso, y Cap apuntó con la pistola y soltó un disparo casi tan
fuerte como el trueno y casi tan ruidoso como el estampido que se produjo cuando herimos a
aquella negra monstruosidad.
Entonces sucedió todo en un momento. El trueno, la caída del caballo, el tiro, y nuestro choque al
pasar la calesa por encima. Cap debía llevar las riendas atadas alrededor de su brazo, porque cuando
cayó el caballo y se volcó la calesa salió de cabeza por encima del guardafango y fue a parar sobre
la agitada confusión que era el caballo... y la monstruosidad negra que lo había atrapado. Yo sentía
que salía despedido hacia la oscuridad, y luego que aterrizaba en el barro y la grava del camino.
Hubo truenos y gritos y otro ruido que yo había oído antes una vez, en los bosques... un zumbido
como de una voz. Por eso no miré hacia atrás. Por eso ni se me ocurrió pensar en el daño que me
había hecho al caer... me puse de pie y eché a correr por la carretera lo más de prisa que podía, en
medio de la tormenta y la oscuridad, mientras los árboles se contorsionaban y retorcían y agitaban
sus cabezas y me apuntaban con sus ramas y se reían. Por encima de los truenos oí el relincho del
caballo y oí el alarido de Cap, también, pero no me volví a mirar. Los relámpagos se sucedían a
intervalos, y yo corría entre los árboles ahora porque el camino no era más que un cenagal que me
sujetaba y me sorbía las piernas. Al cabo de un rato comencé a gritar yo también, pero no podía ni
oírme yo mismo debido a los truenos. Y más que truenos. Oía tambores.
De repente, salí del bosque y llegué a los montes. Corrí hacia arriba y el rumor de los tambores se
hizo más fuerte, y no tardé en ver un poco medianamente, aunque no ya por los relámpagos. Porque
había fogatas encendidas en el monte; y el percutir de los tambores venía de allí. Me extravié en el
ruido; el viento gemía y los árboles se reían y los tambores palpitaban. Pero me detuve a tiempo.
Me detuve cuando vi con claridad las fogatas; eran unos fuegos rojos y verdes que ardían aun con
toda la lluvia. Vi una gran piedra blanca en el centro de un claro que había en lo alto de una colina.
Había fuegos rojos y verdes detrás y a su alrededor, de modo que todo se recortaba contra las
llamas. Había hombres junto al altar, hombres de largas barbas grises y rostros arrugados, hombres
que echaban al fuego unos polvos que olían espantosamente mal y hacían las llamas rojas y verdes.
Y tenían cuchillos en las manos, y podía oírles aullar por encima de la tormenta. De espaldas,
acuclillados en el suelo, había más hombres que hacían sonar los tambores. Poco después llegó algo
más a la loma: dos hombres conduciendo ganado. Podría asegurar que eran nuestras vacas lo que
conducían y las llevaron derecho al altar y luego los hombres de los cuchillos las degollaron como
sacrificio.
Todo esto lo pude ver por los relámpagos y las llamas de las hogueras, y yo me agazapé en el suelo
de modo que no me pudieran descubrir. Pero en seguida dejé de ver bien, debido a la forma de echar
polvos en el fuego. Se levantó un humo muy espeso. Cuando este humo se lebantó los hombres