1965 12 07, Concilium Vaticanum II, Constitutiones Decretaque Omnia, ES (1).pdf


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I. Noción general de la libertad religiosa

Objeto y fundamento de la libertad religiosa
2.
2. Este Concilio Vaticano declara que la persona humana tiene derecho a la libertad
religiosa. Esta libertad consiste en que todos los hombres han de estar inmunes de coacción,
sea por parte de personas particulares como de grupos sociales y de cualquier potestad
humana; y esto, de tal manera que, en materia religiosa, ni se obligue a nadie a obrar contra
su conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella en privado y en público, solo o
asociado con otros, dentro de los límites debidos. Declara, además, que el derecho a la
libertad religiosa está realmente fundado en la dignidad misma de la persona humana, tal
como se la conoce por la palabra revelada de Dios y por la misma razón natural. Este derecho
de la persona humana a la libertad religiosa debe ser reconocido en el ordenamiento jurídico
de la sociedad de forma que se convierta en un derecho civil.
Todos los hombres, conforme a su dignidad, por ser personas, es decir, dotados de
razón y de voluntad libre, y, por tanto, enaltecidos por la responsabilidad personal, tienen la
obligación moral de buscar la verdad, sobre todo la que se refiere a la religión.
Están obligados, asimismo, a adherirse a la verdad conocida y a ordenar toda su vida
según las exigencias de la verdad. pero los hombres no pueden satisfacer esta obligación de
forma adecuada a su propia naturaleza si no gozan de libertad psicológica al mismo tiempo
que de inmunidad de coacción externa. Por consiguiente, el derecho a la libertad religiosa no
se funda en la disposición subjetiva de la persona, sino en su misma naturaleza. Por lo cual,
el derecho a esta inmunidad permanece también en aquellos que no cumplen la obligación de
buscar la verdad y de adherirse a ella; y su ejercicio no puede ser impedido con tal que se
guarde el justo orden público.
La libertad religiosa y la vinculación del hombre con Dios
3.
3. Todo esto se hace más claro aún para quien considera que la norma suprema de la
vida humana es la misma ley divina, eterna, objetiva y universal, por la que Dios ordena,
dirige y gobierna el mundo y los caminos de la comunidad humana según el designio de su
sabiduría y de su amor. Dios hace partícipe al hombre de esta ley, de manera que el hombre,
por suave disposición de la divina Providencia, pueda conocer más y más la verdad
inmutable. Por tanto, cada cual tiene la obligación y, por consiguiente, también el derecho de
buscar la verdad en materia religiosa, a fin de que, utilizando los medios adecuados, llegue a
formarse rectos y verdaderos juicios de conciencia.
Ahora bien, la verdad debe buscarse de modo apropiado a la dignidad de la persona