1965 12 07, Concilium Vaticanum II, Constitutiones Decretaque Omnia, ES (1).pdf

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5.
5. Los obispos elegidos de entre las diversas regiones del mundo, en la forma y
disposición que el Romano Pontífice ha establecido o tengan a bien establecer en lo sucesivo,
prestan al Supremo Pastor de la Iglesia una ayuda más eficaz constituyendo un consejo que
se designa con el nombre de sínodo episcopal, el cual, puesto que obra en nombre de todo el
episcopado católico, manifiesta, al mismo tiempo, que todos los obispos en comunión
jerárquica son partícipes de la solicitud de toda la Iglesia.
Los obispos, partícipes de la solicitud para todas las Iglesias
6.
6. Los obispos, como legítimos sucesores de los Apóstoles y miembros del Colegio
Episcopal, reconózcanse siempre unidos entre sí y muestren que son solícitos por todas las
Iglesias, porque por institución de Dios y exigencias del ministerio apostólico, cada uno debe
ser fiador de la Iglesia juntamente con los demás obispos. Sientan, sobre todo, interés por las
regiones del mundo en que todavía no se ha anunciado la palabra de Dios y por aquellas en
que, por el escaso número de sacerdotes, están en peligro los fieles de apartarse de los
mandamientos de la vida cristiana e incluso de perder la fe.
Por lo cual pongan todo su empeño en que los fieles sostengan y promuevan con
ardor las obras de evangelización y apostolado. Procuren, además, preparar dignos ministros
sagrados e incluso auxiliares, tanto religiosos como seglares, para las misiones y los
territorios que sufren escasez de clero. Tengan también interés en que, en la medida de sus
posibilidades, vayan algunos de sus sacerdotes a las referidas misiones o diócesis, para
desarrollar allí su ministerio sagrado para siempre o, a lo menos, por algún tiempo
determinado.
No pierdan de vista, por otra parte, los obispos, que, en el uso de los bienes
eclesiásticos, tienen que tener también en consideración las necesidades no sólo de su
diócesis, sino de las otras Iglesias particulares, puesto que son parte de la única Iglesia de
Cristo. Atiendan, por fin, con todas sus fuerzas, al remedio de las calamidades que sufren
otras diócesis o regiones.
7.
7. Manifiesten un amor fraterno y ayuden con un sincero y eficaz cuidado, sobre todo,
a los obispos que se ven perseguidos con calumnias y vejámenes por el Nombre de Cristo,
encerrados en las cárceles o impedidos de desarrollar su ministerio, para que sus penas se
alivien y suavicen con las oraciones y la ayuda de los demás hermanos.
II. Los obispos y la santa sede
