1965 12 07, Concilium Vaticanum II, Constitutiones Decretaque Omnia, ES (1).pdf

Vista previa de texto
Formación doctrinal y apostólica
26.
26. Los que hayan de ser enviados a los diversos pueblos como buenos ministros de
Jesucristo, estén nutridos " con las palabras de la fe y de la buena doctrina ", que tomarán
ante todo, de la Sagrada Escritura, estudiando a fondo el Misterio de Cristo, cuyos heraldos y
testigos han de ser.
por lo cual todos los misioneros - sacerdotes, hermanos, hermanas, laicos, cada uno
según su condición - han de prepararse y formarse para que no se vean incapaces ante las
exigencias de su labor futura. Dispóngase ya desde el principio su formación doctrinal de
suerte que abarque la universalidad de la Iglesia y la diversidad de los pueblos. Esto se
refiere a todas las disciplinas, con las que se preparan para el cumplimiento de su ministerio,
y las otras ciencias, que aprenden útilmente para alcanzar los conocimientos ordinarios sobre
pueblos, culturas y religiones, con miras no sólo al pasado, sino también a la época actual. El
que haya de ir a un pueblo extranjero aprecie debidamente su patrimonio, su lengua y sus
costumbres. Es necesario, sobre todo, al futuro misionero dedicarse a los estudios
misionológicos; es decir, conocer la doctrina y las disposiciones de la Iglesia sobre la
actividad misional, saber qué cambios han recorrido los mensajeros. del Evangelio en el
decurso de los siglos, la situación actual de las misiones y también los métodos considerados
hoy como más eficaces.
Aunque toda esta formación ha de estar llena de solicitud pastoral, ha de darse, sin
embargo, una especial y ordenada formación apostólica, teórica y práctica.
Aprendan bien y prepárense en catequética el mayor número posible de hermanos y
de hermanas para que puedan colaborar mejor en el apostolado.
Es necesario también que los que se dedican por un tiempo determinado a la actividad
misionera adquieran una formación apropiada a su condición.
Pero esta diversa formación ha de completarse en la región a la que serán enviados, de
suerte que los misioneros conozcan ampliamente la historia, las estructuras sociales y las
costumbres de los pueblos, estén bien enterados del orden moral, de los preceptos religiosos
y de su mentalidad acerca de Dios, del mundo y del hombre, conforme a sus sagradas
tradiciones. Aprendan las lenguas hasta el punto de poder usarlas con soltura y elegancia, y
encontrar en ello una más fácil penetración en las mentes y en los corazones de los hombres.
Han de ser iniciados, como es debido, en las necesidades pastorales características de cada
pueblo.
Algunos han de prepararse también de un modo más profundo en los Institutos
misionológicos u otras Facultades o Universidades para desempeñar más eficazmente cargos
especiales y poder ayudar con sus conocimientos a los demás misioneros en la realización de
su labor, que presenta tantas dificultades y oportunidades, sobre todo en nuestro tiempo. Es
muy de desear, además que las Conferencias regionales de los Obispos tengan a su
disposición buen número de peritos y usen de su saber y experiencia en las necesidades de su
cargo. Y no falten tampoco quienes sepan usar perfectamente los instrumentos técnicos y de
comunicación social, cuya importancia han de apreciar todos.
