1965 12 07, Concilium Vaticanum II, Constitutiones Decretaque Omnia, ES (1).pdf


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ámbito de la vida cristiana. Con este modo de proceder se excluirá toda clase de sincretismo
y de falso particularismo, se acomodarán la vida cristiana a la índole y al carácter de
cualquier cultura, y serán asumidas en la unidad católica las tradiciones particulares, con las
cualidades propias de cada raza, ilustradas con la luz del Evangelio. Por fin, las Iglesias
particulares jóvenes, adornadas con sus tradiciones, tendrán su lugar en la comunión
eclesiástica, permaneciendo íntegro el primado de la cátedra de Pedro, que preside a la
asamblea universal de la caridad.
Es, por tanto, conveniente que las Conferencias Episcopales se unan entre sí dentro de
los límites de cada uno de los grandes territorios socio-culturales, de suerte que puedan
conseguir de común cuerdo este objetivo de la adaptación.

Capítulo IV
Los misioneros

La vocación misionera
23.
23. Aunque a todo discípulo de Cristo incumbe el deber de propagar la fe según su
condición, Cristo Señor, de entre los discípulos, llama siempre a los que quiere para que lo
acompañen y los envía a predicar a las gentes. Por lo cual, por medio del Espíritu Santo, que
distribuye los carismas según quiere para común utilidad, inspira la vocación misionera en el
corazón de cada uno y suscita al mismo tiempo en la Iglesia institutos, que reciben como
misión propia el deber de la evangelización, que pertenece a toda la Iglesia.
Porque son sellados con una vocación especial los que, dotados de un carácter natural
conveniente, idóneos por sus buenas dotes e ingenio, están dispuestos a emprender la obra
misional, sean nativos del lugar o extranjeros: sacerdotes, religiosos o laicos. Enviados por la
autoridad legítima, se dirigen con fe y obediencia a los que están lejos de Cristo, segregados
para la obra a que han sido llamados ( Cf. Act., 13,2 ), como ministros del Evangelio, "para
que la oblación de los gentiles sea aceptada y santificada por el Espíritu Santo" (Rom. 15,
16).
Espiritualidad misionera
24.
24. El hombre debe responder al llamamiento de Dios, de suerte que no asintiendo a