1965 12 07, Concilium Vaticanum II, Constitutiones Decretaque Omnia, ES (1).pdf

Vista previa de texto
La obligación principal de éstos, hombres y mujeres, es el testimonio de Cristo, que
deben dar con la vida y con la palabra en la familia, en el grupo social y en el ámbito de su
profesión. Debe manifestarse en ellos el hombre nuevo creado según Dios en justicia y
santidad verdaderas. Han de reflejar esta renovación de la vida en el ambiente de la sociedad
y de la cultura patria, según las tradiciones de su nación. Ellos tienen que conocer esta
cultura, restaurarla y conservarla, desarrollarla según las nuevas condiciones y, por fin
perfeccionarla en Cristo, para que la fe de Cristo y la vida de la Iglesia no sea ya extraña a la
sociedad en que viven, sino que empiece a penetrarla y transformarla.
Unanse a sus conciudadanos con verdadera caridad, a fin de que en su trato aparezca
el nuevo vínculo de unidad y de solidaridad universal, que fluye del misterio de Cristo.
Siembren también la fe de Cristo entre sus compañeros de vida y de trabajo, obligación que
urge más, porque muchos hombres no pueden oír hablar del Evangelio ni conocer a Cristo
más que por sus vecinos seglares. Más aún, donde sea posible, estén preparados los laicos a
cumplir la misión especial de anunciar el Evangelio y de comunicar la doctrina cristiana, en
una cooperación más inmediata con la Jerarquía para dar vigor a la Iglesia naciente.
Los ministros de la Iglesia, por su parte, aprecien grandemente el laborioso
apostolado activo de los laicos. Fórmenlos para que, como miembros de Cristo, sean
conscientes de su responsabilidad en favor de todos los hombres; intrúyanlos profundamente
en el misterio de Cristo, inícienlos en métodos prácticos y asístanles en las dificultades,
según la constitución Lumen gentium y el decreto Apostolicam actuositatem.
Observando, pues, las funciones y responsabilidades propias de los pastores y de los
laicos, toda Iglesia joven dé testimonio vivo y firme de Cristo para convertirse en signo
brillante de la salvación, que nos vino a través de El.
Diversidad en la unidad
22.
22. La semilla, que es la palabra de Dios, al germinar absorbe el jugo de la tierra
buena, regada con el rocío celestial, y lo transforma y lo asimila para dar al fin fruto
abundante. Ciertamente, a semejanza del plan de la Encarnación, las Iglesias jóvenes,
radicadas en Cristo y edificadas sobre el fundamento de los Apóstoles, toman, en intercambio
admirable, todas las riquezas de las naciones que han sido dadas a Cristo en herencia ( Cf.
Sal., 2,8 ). Ellas reciben de las costumbres y tradiciones, de la sabiduría y doctrina, de las
artes e instituciones de los pueblos todo lo que puede servir para expresar la gloria del
Creador, para explicar la gracia del Salvador y para ordenar debidamente la vida cristiana.
Para conseguir este propósito es necesario que en cada gran territorio socio-cultural se
promuevan los estudios teológicos por los que se sometan a nueva investigación, a la luz de
la tradición de la Iglesia universal, los hechos y las palabras reveladas por Dios, consignadas
en las Sagradas Escrituras y explicadas por los Padres y el magisterio de la Iglesia. Así
aparecerá más claramente por qué caminos puede llegar la fe a la inteligencia, teniendo en
cuenta la filosofía y la sabiduría de los pueblos, y de qué forma pueden compaginarse las
costumbres, el sentido de la vida y el orden social con las costumbres manifestadas por la
divina revelación.
Con ello se descubrirán los caminos para una acomodación más profunda en todo el
