1965 12 07, Concilium Vaticanum II, Constitutiones Decretaque Omnia, ES (1).pdf

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la carne ni a la sangre, se entregue totalmente a la obra del Evangelio. pero no puede dar esta
respuesta, si no le mueve y fortalece el Espíritu Santo. El enviado entra en la vida y en la
misión de Aquel que " se anonadó tomando la forma de siervo ". Por eso debe estar dispuesto
a permanecer durante toda su vida en la vocación, a renunciarse a sí mismo y a todo lo que
poseía y a " hacerse todo a todos ".
El que anuncia el Evangelio entre los gentiles dé a conocer con confianza el misterio
de Cristo, cuyo legado es, de suerte que se atreva a hablar de El como conviene, no
avergonzándose del escándalo de la cruz. Siguiendo las huellas de su Maestro, manso y
humilde de corazón, manifieste que su yugo es suave y su carga ligera. Dé testimonio de su
Señor con su vida enteramente evangélica, con mucha paciencia, con longanimidad, con
suavidad, con caridad sincera, y si es necesario, hasta con la propia sangre.
Dios le concederá valor y fortaleza para que vea la abundancia de gozo que se
encierra en la experiencia intensa de la tribulación y de la absoluta pobreza. Esté convencido
de que la obediencia es la virtud característica del ministro de Cristo, que redimió al mundo
con su obediencia.
A fin de no descuidar la gracia que poseen, los heraldos del Evangelio han de renovar
su espíritu constantemente. Los ordinarios y superiores reúnan en tiempos determinados a los
misioneros para que se tonifiquen en la esperanza de la vocación y se renueven en el
ministerio apostólico, estableciendo incluso algunas casas apropiadas para ello.
Formación espiritual y moral
25.
25. El futuro misionero ha de prepararse con una especial formación espiritual y
moral para un empeño tan elevado. Debe ser capaz de iniciativas constantes para continuar
los trabajos hasta el fin, perseverante en las dificultades, paciente y fuerte en sobrellevar la
soledad, el cansancio y el trabajo infructuoso. Se presentará a los hombres con mente abierta
y corazón dilatado; recibirán con gusto los cargos que se le confíen; se acomodará
generosamente a las costumbres ajenas y a las cambiantes condiciones de los pueblos,
ayudará a sus hermanos y a todos los que se dedican a la misma obra con espíritu de
concordia y de caridad mutua, de suerte que imitando, juntamente con los fieles, la
comunidad apostólica, constituyan un solo corazón y una sola alma ( Cf. Act., 2, 42; 4, 32 ).
Ejercítense, cultívense y nútranse cuidadosamente de vida espiritual estas
disposiciones de alma ya desde el tiempo de la formación. Lleno de fe viva y de esperanza
firme, el misionero sea hombre de oración: inflámese en el espíritu de fortaleza, de amor y de
templanza; aprenda a contentarse con lo que tiene; lleve en sí mismo con espíritu de
sacrificio la muerte de Jesús, para que la vida de Jesús obre en aquellos a los que es enviado;
llevado del celo por las almas gástelo todo y sacrifíquese a sí mismo por ellas, de forma que
crezca "en el amor de Dios y del prójimo con el cumplimiento diario de su ministerio".
Cumpliendo así con Cristo la voluntad del Padre continuará su misión bajo la autoridad
jerárquica de la Iglesia y cooperará al misterio de la salvación.
