01 las enseñanzas de don juan carlos castaneda.pdf

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Uno de los pensamientos ajenos versaba sobre una aseve ración hecha por un autor. Era,
recuerdo vagamente, más como una voz, o algo dicho al fondo, en alguna parte. Fue tan rápido
que me sobresaltó. Hice una pausa para examinarlo, pero se volvió un pensamiento común. Me
hallaba seguro de haber leído el aserto, pero no podía recordar el nombre del autor. De pronto
me acordé de que era Alfred Kroeber. Entonces otro pe nsamiento ajeno brotó para "decir" que
no era Kroeber, sino Georg Simmel, quien había hecho la aseveración. Insistí en que era
Kroeber, y sin saber cómo me vi envuelto en una discusión conmigo mismo. Y olvidé mi
sentimiento de perdición total,
Los párpados me pesaban como si hubiera tomado pastillas para dormir. Aunque nunca las he
tomado, esa fue la imagen que acudió a mi mente. Me estaba quedando dormi do. Quise ir a mi
coche a acostarme, pero no podía moverme.
Entonces, con bastante brusquedad, desperté, o mejor dicho, sentí claramente haber
despertado. Mi primer pensa miento fue sobre la hora del día. Miré en torno. No me hallaba
enfrente de la datura. Despreocupadamente acepté el hecho de que estaba viviendo otra
experiencia adivina toria. Eran las 12:35 en un reloj por encima de mi cabeza. Yo sabía que era
de tarde.
Vi a un hombre joven con un rimero de papeles en las manos. Yo estaba tan cerca de él que
casi lo tocaba. Veía pulsar las venas de su cuello y oía el latir rápido de su corazón. Absorto en
lo que veía, no había tomado conciencia, hasta el momento, de la calidad de mis pensamientos.
Entonces oí una "voz" en mi oído describiendo la escena, y me di cuenta de que la "voz" era el
pensamiento ajeno en mi mente.
Me concentré tanto en escuchar que la escena perdió para mí su interés visual. Oía la voz junto
a mi oreja derecha, sobre el hombro, Literalmente creaba la escena al describirla. Pero obedecía
mi voluntad, pues yo podía detenerla en cualquier momento y examinar a mi antojo los detalles
de lo que decía. "Oí-vi" toda la secuencia de las acciones del joven. La voz seguía explicándolas
en detalle, pero de algún modo la acción carecía de importancia. Lo extraordinario era la
vocecita. Tres veces durante el curso de la experiencia quise volverme para ver quién hablaba.
Traté de hacer girar mi cabeza totalmente hacia la derecha, o nada más de volverme
inesperadamente para ver si había alguien allí. Pero cada vez que lo hacía, se nublaba mi visión.
Pensé: "El motivo de que no pueda volverme es que la escena no está en el terreno de la
realidad ordina ria." Y ese pensamiento era mío.
Desde ese momento concentré mi atención sólo en la voz. Parecía venir de mi hombro. Era
perfectamente clara, aunque pequeña. No era, sin embargo, una voz de niño ni una voz en
falsete, sino la voz de un hombre en minia tura. Tampoco era mi voz. Supuse que hablaba en
inglés. Cada vez que me proponía atrapar a la voz, se apagaba por entero o se hacía vaga y la
escena palidecía. Pensé en un símil. La voz era como la imagen creada por partículas de polvo
en las pestañas, o por los vasos sanguíneos en la córnea del ojo: una forma como gusano que
puede verse mientras uno no la mira directamente, pero en el momento en que tratamos de
mirarla se desliza fuera del panorama con el movimiento del ojo.
Me desinteresé por completo de la acción. Conforme escuchaba, la voz se hacía más compleja.
Lo que yo tomaba por voz era más bien como algo que susurrara pensamientos a mi oído. Pero
eso no era exacto. Algo estaba pensando por mí. Los pe nsamientos estaban fuera de mí mismo.
Supe que era así porque podía retener al mismo tiempo mis propios pensamientos y los
pensamientos del "otro".
En cierto punto, la voz creaba escenas, actuadas por el joven, que nada tenían que ver con mi
pregunta original sobre los objetos perdidos. El joven realizaba acciones muy complejas. La
acción nuevamente había cobrado importancia y ya no presté atención a la voz. Empecé a
perder la pa ciencia; quería detenerme. "¿Cómo puedo acabar con esto?", pensé. La voz en mi
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