01 las enseñanzas de don juan carlos castaneda.pdf


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tuve afición a la planta ni traté realmente de hacerme uno con ella. Mi benefactor decía que para
mejores resultados, para quienes de veras quieren dominar el poder, lo debido es revolver la
planta con sebo de jabalí. El sebo de tripa es el mejor. Pero escoge tú. Acaso la vuelta de la
rueda decida que tomes como aliado a la yerba del diablo, y en ese caso te aconsejo, como mi
benefactor me aconsejó a mí, cazar un jabalí y sacar el sebo de tripa.
En otros tiempos, cuando la yerba del diablo era lo mejor, los brujos acostumbraban ir de
cacería nada más para traer sebo de jabalí. Buscaban a los machos más grandes y fuertes.
Tenían una magia especial para jabalíes; tomaban de ellos un poder especial, tan especial que
hasta en esos días costaba trabajo creerlo. Pero ese poder se perdió. No sé nada de él. Ni
conozco a nadie que sepa. A lo mejor la misma yerba te enseña todo eso.
Don Juan midió un puño de manteca y lo echó en el cuenco donde estaba la pasta seca,
limpiándose la mano en el borde de la olla. Me dijo que agitara el contenido hasta que estuviera
suave y bien revuelto.
Batí la mezcla durante casi tres horas. Don Juan la miraba de tiempo en tiempo, sin
considerarla terminada aún. Por fin pareció satisfecho. El aire batido en la pasta le había dado
un color gris claro, y consistencia de jalea. Colgó la olla del techo, junto al otro recipiente. Dijo
que iba a dejarlo allí hasta el otro día, porque preparar esta segunda parte requería dos días. Me
dijo que no comiera nada entre tanto. Podía tomar agua, pero rada de comida.
El día siguiente, jueves 4 de julio, cuatro veces hice escurrir la raíz, dirigido por don Juan. La
última vez que escurrí el agua del cuenco, ya estaba oscuro. Nos sentamos en el porche. Don
Juan puso ambos recipientes frente a mí. El extracto de raíz consistía en una cucharadita de
almidón blancuzco. Lo puso en una taza y añadió agua. Dio vueltas a la taza para disolver la
sustancia y luego me entregó la taza. Me dijo que bebiera todo lo que había en la taza. Lo bebí
rápido y luego puse la taza en el piso y me recliné. Mi corazón empezó a golpear; sentí perder el
aliento. Don Juan me ordenó, como si tal cosa, quitarme toda la ropa. Le pregunté por qué, y
dijo que para untarme la pasta. Vacilé. No sabia si desvestirme.
Don Juan me instó a apurarme. Dijo que había muy poco tiempo para tonterías. Me quité toda
la ropa.
Tomó su barra de hueso y cortó dos líneas horizontales en la superficie de la pasta, dividiendo
así el contenido de la olla en tres partes iguales. Luego, empezando en el centro de la línea
superior, trazó una raya vertical perpendicular a las otras dos, dividiendo la pasta en cinco
partes. Se ñaló el área inferior de la derecha y dijo que era para mi pie izquierdo. El área encina
de ésa era para mi pierna izquierda. La parte superior, la más grande, era para mis genitales. La
que seguía hacia abajo, del lado izquierdo, era para mi pierna derecha, y el área inferior
izquierda para mi pie derecho. Me dijo que aplicara la parte destinada al pie izquierdo en la
planta del pie y la frotara a conciencia. Luego me guió en la aplicación de la pasta a la parte
interior de toda mi pierna izquierda, a mis genitales, hacia abajo por toda la parte interior de la
pierna derecha, y finalmente a la planta del pie derecho.
Seguí sus instrucciones. La pasta estaba fría y tenía un olor particula rmente fuerte. Al terminar
de aplicarla me enderecé. El olor de la mezcla entraba en mi nariz. Me estaba sofocando. El olor
acre literalmente me asfixiaba. Era como un gas de algún tipo. Traté de respirar por la boca y
traté de hablarle a don Juan, pero no pude.
Don Juan me miraba con fijeza. Di un paso hacia él. Mis piernas eran como de hule y largas,
extremadamente largas. Di otro paso. Las junturas de mis rodillas parecían tener resorte, como
una garrocha para salto de altura; se sacudían y vibraban y se contraían elásticamente. Avancé.
El movimiento de mi cuerpo era lento y tembloroso: más bien un estremecimiento ascendente y
hacia adelante. Bajé la mirada y vi a don Juan sentado debajo de mí: muy por debajo de mí. El
impulso me hizo dar otro paso, aun más largo y elástico que el precedente. Y entonces me
elevé. Recuerdo haber descendido una vez; entonces empujé con ambos pies, salté hacia atrás y
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