01 las enseñanzas de don juan carlos castaneda.pdf


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me deslicé bocarriba. Veía el cielo oscuro sobre mí, y las nubes que pasaban a mi lado. Moví el
cuerpo a tirones para ver hacia abajo. Vi la masa oscura de las montañas. Mi velocidad era
extraordinaria. Tenía los brazos fijos, plegados contra los flancos. Mi cabeza era la unidad
directriz. Manteniéndola echada hacia atrás, describía yo círculos verticales. Cambiaba de
dirección moviendo la cabeza hacia un lado. Disfrutaba de libertad y ligereza como nunca antes
había conocido. La maravillosa oscuridad me producía un sentimiento de tristeza, de añoranza
tal vez. Era como haber hallado un sitio al cual correspondía: la oscuridad de la noche. Traté de
mirar en torno, pero todo cuanto percibía era que la noche estaba serena, y sin embargo
pletórica de poder.
De pronto supe que era hora de bajar; fue como recibir una orden que debía obedecer. Y
empecé a descender como una pluma, con movimientos laterales. Ese tipo de trayectoria me
hacía sentir enfermo. Era lento y a sacudidas, como si estuvieran bajándome con poleas. Me dio
náusea. Mi cabeza estallaba a causa de un dolor torturante en extremo. Una especie de negrura
me envolvía. Tenía mucha conciencia del sentimiento de hallarme suspendido en ella.
Lo siguiente que recuerdo es la sensación de despertar. Estaba en mi cama, en mi propio
cuarto. Me senté. Y la imagen de mi cuarto se disolvió. Me levanté, ¡Estaba desnudo! Al
ponerme en pie, volvió la náusea.
Reconocí algunos puntos de referencia. Me encontraba a menos de un kilómetro de la casa de
don Juan, cerca del sitio de sus daturas. De pronto todo encajó donde le correspondía y me di
cuenta de que debería regresa r caminando hasta la casa, desnudo. Hallarme privado de ropa era
una profunda desventaja psicológica, pero nada podía yo hacer para resolver el problema. Pensé
en improvisarme una falda con ramas, pero la idea parecía ridícula y además pronto amanecería,
pues el crepúsculo matutino ya estaba claro. Olvidé mi incomodidad y mi náusea y eché a andar
rumbo a la casa. Me obsesionaba el temor de ser descubierto. Iba a la expectativa de gente o
perros. Traté de correr, pero me herí los pies en las piedritas agudas. Caminé despacio. Ya había
clareado mucho. Entonces vi a alguien acercarse por el camino, y rápidamente salté tras los
matorrales. La situación me parecía de lo más incongruente. Un momento antes me hallaba
disfrutando el increíble placer de volar; al minuto siguiente estaba escondido, aver gonzado de
mi propia desnudez. Pensé en saltar de nuevo al camino y correr con todas mis fuerzas pasando
junto a la persona que se acercaba. Pensé que se sobresaltaría tanto que, cuando advirtiera que
se trataba de un hombre desnudo, yo ya la habría dejado muy atrás. Pensé todo eso, pero no me
atrevía moverme.
La persona que venía por el camino estaba casi junto a mí y se detuvo. La oí decir mi nombre.
Era don Juan, y traía mi ropa. Riendo, me miró vestirme; rió tanto que acabé por reír también
yo.
El mismo día, viernes 5 de julio, al caer la tarde, don Juan me pidió narrarle los detalles de mi
experiencia. Relaté todo el episodio con el mayor cuidado posible.
-La segunda parte de la yerba del diablo se usa para volar -dijo cuando hube terminado-. El
ungüento por sí solo no basta. Mi benefactor decía que la raíz es la que dirige y da sabiduría, y
es la causa del volar. Conforme vayas aprendiendo, y la tomes seguido para volar, empeza rás a
ver todo con gran claridad. Puedes remontarte por los aires cientos de kilómetros para saber qué
está pasando en cualquier lugar que quieras, o para descargar un golpe mortal sobre tus
enemigos lejanos. Conforme te vayas familiarizando con la yerba del diablo, ella te enseñará a
hacer esas cosas. Por ejemplo, ya te ha enseñado a cambiar de dirección. Así, te enseñará cosas
que ni te imaginas.
-¿Cómo qué, don Juan?
-Eso no te lo puedo decir. Cada hombre es distinto. Mi benefactor jamás me dijo lo que había
aprendido. Me dijo cómo proceder, pero jamás lo que él vio. Eso es nada más para uno mismo.
-Pero yo le digo a usted todo lo que veo, don Juan.
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