01 las enseñanzas de don juan carlos castaneda.pdf

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participado continuamente, sin interrupción. En septiembre de 1965 interrumpí voluntariamente
el aprendizaje.
Varios meses después de mi retirada, medité por primera vez en la idea de ordenar
sistemáticamente mis notas de campo. Como los datos que había reunido eran bastante
voluminosos e incluían mucha información miscelánea, empecé por tratar de establecer un
sistema de clasificación. Dividí los datos en grupos de conceptos y procedimientos
interrelacionados y dispuse tales grupos en orden jerárquico de importancia subjetiva, es decir,
de acuerdo con el efecto que cada uno había tenido sobre mí. En esa forma llegué a la siguiente
clasificación: usos de plantas alucinógenas; procedimientos y fórmulas empleados en la
brujería; adquisición y manipulación de objetos de poder; usos de plantas medicinales;
canciones y leyendas.
Reflexionando sobre los fenómenos experimentados, advertí que mi intento de clasificación
no había producido sino un inventario de categorías; cualquier intento de refinar mi plan no
daría, por tanto, sino un inventario más complejo. Eso no era lo que yo deseaba. Durante los
meses siguientes a mi abandono del aprendizaje, necesité comprender lo que había
experimentado, y lo que había experimentado era la enseñanza de un sistema coherente de
creencias por medio de un método pragmático y experimental. Desde la primera sesión en que
participé, se me había hecho ma nifiesto que las enseñanzas de don Juan poseían cohesión
interna. Una vez decidido definitivamente a comunicarme su saber, procedió a hacer sus
explicaciones por pasos orde nados. Descubrir ese orden y comprenderlo resultó para mí una
tarea en extremo difícil.
Mi incapacidad de lograr una comprensión parece haber nacido del hecho de que, tras cuatro
años como aprendiz, seguía siendo un principiante. Resultaba claro que el conocimiento de don
Juan y su método de trasmitirlo eran los de su benefactor; así, mis dificultades para comprender
sus enseñanzas debieron de ser análogas a las que él mismo experimentó. Don Juan aludía a
nuestra similitud como principiantes en comentarios incidentales sobre la incapacidad de
comprender a su maestro durante su propio aprendizaje. Tales observaciones me llevaron a
creer que para cualquier principiante, indio o no, el conocimiento de la brujería se hacía
incomprensible por las características extranjeras de los fenómenos que el aprendiz
experimentaba. Personalmente, como occidental, dichas características me resultaron tan ajenas
que me fue prácticamente imposible explicarlas según mi propia vida cotidiana, y me vi forzado
a concluir que sería inútil cualquier intento de clasificar mis datos de campo en mis propios
términos.
Así se hizo obvio que el saber de don Juan debía ser examinado como él mismo lo
comprendía; sólo en esos términos podría manifestarse en forma convincente. Sin embargo, al
tratar de reconciliar mis puntos de vista con los de don Juan advertí que, cuando trataba de
explicarme su saber, usaba siempre conceptos que lo hicieran "inteligible". Como esos
conceptos eran ajenos a mí, tratar de comprender los conocimientos de don Juan como él los
comprendía me colocaba en otra posición insostenible. Por tanto, mi primera tarea era
determinar el orden de conceptualización empleado por don Juan. Trabajando en ese sentido, vi
que él mismo había hecho hincapié particular en cierto terreno de sus enseñanzas:
específicamente, los usos de plantas alucinógenas. Sobre la base de este descubrimiento, revisé
mi propio esquema de categorías.
Don Juan usó, por separado y en distintas ocasiones, tres plantas alucinógenas: peyote
(Lophophora williamsii), toloache (Datura inoxia syn. D. meteloicles) y un hongo
(posiblemente Psilocybe mexicana). Desde antes de su contacto con europeos, los indios
americanos conocían las propiedades alucinógenas de estas tres plantas. A causa de sus
propiedades, han sido muy usadas por placer, para curar, en la brujería, y para alcanzar un
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