01 las enseñanzas de don juan carlos castaneda.pdf

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bandeja colgada del techo. Los hombres estaban esperando al ladrón porque todas las noches le
robaban queso al blanco. Así que el blanco mató al ladrón sabiendo que no era perro.
-¿Hay muchos diableros en estos días, doña Luz?
-Esas cosas son muy secretas. Dicen que ya no hay diableros, pero yo lo dudo, porque alguien
de la familia del diablero tiene que aprender lo que el diablero sabe. Los dia bleros tienen sus
propias leyes, y una de ellas es que un diablero debe enseñar sus secretos a algún pariente suyo.
-¿Qué cree que era el animal, don Genaro? -pregunté a un hombre muy anciano.
-Un perro de algún rancho de por ahí. ¿Qué otra cosa?
-¡Podría haber sido un diablero!
-¿Un diablero? ¡Está loco! No hay diableros.
-¿Quiere usted decir que ya no hay, o que nunca hubo?
-En un tiempo sí hubo. Es cosa sabida de todos, Pero la gente les tenía mucho miedo y los
mató.
-¿Quién los mató, don Genaro?
-Toda la gente de la tribu. El último diablero que yo conocí fue S . . . Mató docenas, quizá
hasta cientos de personas con su brujería. No podíamos tolerar eso y la gente se juntó y una
noche le cayeron por sorpresa y lo quema ron vivo.
-¿Cuándo fue eso, don Gena ro?
-En mil novecientos cuarenta y dos.
-¿Lo vio usted?
-No, pero la gente todavía lo comenta. Dicen que no quedaron cenizas, aunque la estaca era de
madera verde. Todo lo que quedó al final fue un gran charco de grasa.
Aunque don Juan tildaba de diablero a su benefactor, nunca mencionó el sitio donde había
adquirido su saber ni identificó a su maestro. De hecho, don Juan revelaba muy poco de su vida
personal. Sólo decía que nació en el suroes te en 1891; que había pasado casi toda su vida en
México; que en 1900 su familia fue exiliada por el gobierno a la parte central del país, junto con
miles de otros indios sonorenses, y que él vivió en el centro y el sur de México hasta 1940, Así,
como don Juan había viajado mucho, su conocimiento podía ser producto de múltiples
influencias. Y aunque se consideraba indio de Sonora, yo no podía tener certeza para catalogar
totalmente su saber en la cultura de los indios sonorenses. Pero no es mi intención determinar
aquí su medio cultural preciso.
En junio de 1961 inicié mi aprendizaje con don Juan. Anteriormente lo había visto en diversas
ocasiones, pero siempre en calidad de observador antropológico. Durante esas primeras
conversaciones, yo tomaba notas en forma encubierta. Luego, confiando en mi memoria,
reconstruía toda la conversación. Pero cuando empecé a participar como aprendiz, tal método
de tomar notas se dificultó mucho, pues nuestras conversaciones se referían a muchos temas diferentes. Entonces don Juan me permitió -aunque tras de vigorosa protesta- anotar abiertamente
cuanto se dijera. También me habría gustado tomar fotos y hacer grabacio nes, pero no quiso
permitírmelo.
Serví como aprendiz primero en Arizona y después en Sonora, porque don Juan se mudó a
México durante el curso de mi preparación. El procedimiento que seguí fue verlo durante unos
cuantos días cada determinado tiempo. Mis visitas se hicieron más frecuentes y más largas
durante los meses de verano de 1961, 1962, 1963 y 1964. En retrospec tiva, pienso que este
método de conducir el aprendizaje impidió que la enseñanza fuera completa, porque retrasó la
venida del compromiso pleno indispensable para convertirme en brujo. Sin embargo, el método
fue benéfico desde mi punto de vista personal, porque me dio un poco de distancia, y eso
fomentó a su vez un sentido de examen crítico que habría sido imposible de lograr si yo hubiera
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