01 las enseñanzas de don juan carlos castaneda.pdf

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adentrarse en el chaparral. Era sin duda un coyote, pero del doble de l tamaño ordinario.
Hablando excitadamente, mis amigos convinieron en que era un animal muy fuera de lo común,
y uno de ellos indicó que podía tratarse de un diablero. Decidí relatar aquella experiencia para
interrogar a los indios de aquella zona sobre sus creencias en cuanto a la existencia de los
diableros. Hablé con muchas personas, contando la anécdota y haciendo preguntas. Las tres
conversaciones siguientes indican sus creencias al respecto.
-¿Crees que era un coyote, Choy? -pregunté a un joven después de que oyó la historia.
-Quién sabe. Un perro, de seguro. Demasiado grande para coyote.
-¿Crees que pudo ser un diablero?
-Esos son puros cuentos. Esas cosas no existen.
-¿Por qué dices eso, Choy?
-La gente se imagina cosas. Te apuesto a que si hubieran cogido al animal habrían visto que
era un perro. Una vez tenía yo que hacer un trabajo en otro pueblo, y me levanté antes del
amanecer y ensillé un caballo. De ida, me encontré en el camino con una sombra oscura que
parecía un animal enorme. Mi caballo se encabritó y me tiró de la silla. Yo también casi me
muero del susto, pero resultó que la sombra era una mujer que iba caminando al pueblo.
-¿O sea, Choy, que no crees que existan los diableros?
-¡Diableros! ¿Qué es un diablero? ¡Dime qué es un diablero!
-No sé, Choy. Manuel iba conmigo esa noche y dijo que el coyote podría haber sido un
diablero. ¿Tú no puedes decirme qué es un diablero?
-Dizque un diablero es un brujo que cambia de forma y toma la que quiere. Pero todo el
mundo sabe que eso es puro cuent o. Los viejos de aquí están llenos de historias sobre diableros.
No las vas a hallar entre nosotros los más jóvenes.
-¿Qué clase de animal piensa usted que fue, doña Luz? -pregunté a una mujer de edad madura.
-Eso sólo Dios lo sabe, pero creo que no era un coyote. Hay cosas que parecen coyotes, pero
no son. ¿Iba corriendo el coyote, o estaba comiendo?
-Estuvo inmóvil casi todo el tiempo, pero creo que cuando lo vi al principio estaba comiendo
algo.
-¿Está usted seguro de que no llevaba nada en el hocico?
-A lo mejor sí. Pero dígame, ¿tendría eso algo que ver?
-Sí, si tendría. Si llevaba algo en el hocico, no era un coyote.
-¿Qué era entonces?
-Era un hombre o una mujer.
-¿Cómo se llaman esas personas, doña Luz?
No respondió. La interrogué un rato más, pero sin éxito. Finalmente dijo no saber. Le pregunté
si aquellas personas se llamaban diableros, y respondió que "diablero" era uno de los nombres
que se les daban.
-¿Conoce usted a algún diablero? -pregunté.
-Conocí a una mujer -dijo-. La mataron. Eso pasó cuando yo era niña. Dizque la mujer se
convertía en perra. Y cierta noche una perra entró en la casa de un blanco a robar queso. El
blanco la mató con una escopeta, y en el mismo instante en que la perra murió en la casa del
blanco, la mujer murió en su choza. Sus parientes se juntaron y fueron al blanco a exigirle pago.
El blanco les pagó buen dinero por haber matado a la mujer.
-¿Cómo pudieron exigirle pago si sólo mató un perro?
-Dijeron que el blanco sabía que no era perro, porque había otros hombres con él y todos
vieron que el animal se paró en dos patas, como gente, para alcanzar el queso, que estaba en una
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