01 las enseñanzas de don juan carlos castaneda.pdf

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vez, empieza por usar primero la cabeza de la lagartija y después tus dedos. Tarde o temprano la
lagartija que fue a ver regresa y le cuenta a su hermana todo el viaje, y la lagartija ciega te lo
describe como si fueras de su especie. Cuando la brujería esté terminada, pon a la lagartija en el
suelo y déjala ir, pero no mires a dónde va. Escarba con las manos un agujero hondo y entierra
en él todo lo que usaste.
Alrededor de las 6 p.m., don Juan recogió del recipiente el extracto de raíz, depositándolo
sobre un trozo liso de pizarra; había menos de una cucharadita de almidón amarillo. Puso la
mitad en una taza y añadió agua amarillenta. Dio vueltas a la taza para disolver la sustancia. Me
entregó la taza y me dijo que bebiera la mezcla. Era insípida, pero dejó en mi boca un sabor
levemente amargo. El agua estaba demasiado caliente y eso me molestó. Mi corazón empezó a
golpear aprisa, pero pronto me tranquilicé de nuevo.
Don Juan trajo la olla de la pasta. Esta parecía sólida y tenía una superficie reluciente. Quise
penetrar la costra con el dedo, pero don Juan saltó hacía mi y apartó mi mano de la olla. Se
molestó mucho; dijo que era mucho descuido de mi parte el tratar de hacer eso, y que si yo de
veras quería aprender no había necesidad de ser descuidado. Eso era poder, dijo señalando la
pasta, y nadie sabia qué clase de poder era en realidad. Era suficiente injuria, ya que nos
metiéramos con él para nuestros propios fines -algo que no pode mos evitar porque somos
hombres, dijo-, pero al menos había que tratarlo con el debido respeto. La mezcla semejaba
avena cocida. Al parecer tenía almidón suficiente para darle esa consistencia. Don Juan me
pidió traer las bolsas con las lagartijas. Tomó la lagartija del hocico cosido y me la entregó
cuidadosamente. Me hizo cogerla con la mano izquierda y me dijo que tomara con el dedo un
poco de pasta y lo frotara en la cabeza de la lagartija y luego pusiera a la lagartija en la olla y la
sostuviera allí ha sta que la pasta cubriese todo su cuerpo.
Luego me indicó sacar a la lagartija de la olla. Recogió la olla y me guió a una zona rocosa no
demasiado lejos de su casa. Señaló una gran roca y me dijo que me sentara frente a ella, como si
fuera mi datura, y, sosteniendo la la gartija frente a mi rostro, le explicara nuevamente lo que
deseaba saber y le rogara ir a buscarme la respuesta. Me aconsejó decir a la lagartija que sentía
haber tenido que causarle molestias, y prometerle que a cambio seria bueno con todas las
lagartijas. Y luego me indicó sostenerla entre los dedos tercero y cuarto de mi mano izquierda,
donde una vez él hizo un corte, y bailar alrededor de la roca haciendo exactamente lo que había
hecho al replantar la raíz de la yerba del diablo; me preguntó si recordaba cuanto había hecho
entonces. Dije que sí. Subrayó que todo tenía que ser exactamente igual, y que si no me
acordaba debía esperar hasta que todo se hallase claro en mi memoria. Me advirtió con gran
apremio que si actuaba en forma precipitada, sin deliberar, me haría daño a mí mismo. Su última indicación fue que yo pusiera en tierra a la lagartija del hocico cosido y observara hacia
dónde se iba, para poder determinar el resultado de la experiencia. Dijo que no debía yo apartar
los ojos de la lagartija ni por un instante, pues una treta común de las lagartijas era distraerlo a
uno y luego salir corriendo.
Todavía no acababa de oscurecer. Don Juan miró el cielo.
-Te dejo solo -dijo, y se alejó.
Seguí todas sus instrucciones y luego puse a la lagartija en el suelo. La lagartija permaneció
inmóvil donde la dejé. Luego me miró, y corrió a las rocas, hacia el este, y desapa reció entre
ellas.
Me senté en el suelo frente a la roca, como si estuviera ante mi planta. Una profunda tristeza
me invadió. Me pregunté por la lagartija del hocico cosido. Pensé en su extraño viaje y en cómo
me miró antes de correr. Era un pensamiento extraño, una proyección molesta. A mi modo yo
también era una lagartija, realizando otro viaje extraño. Mi destino, acaso, era sólo el de ver; en
ese momento sentía que nunca me sería posible decir lo que había visto. Para entonces ya estaba
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