01 las enseñanzas de don juan carlos castaneda.pdf

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Cuando las raíces estuvieron completamente maceradas, tomó del bulto algunas hojas de
datura. Estaban limpias y recién cortadas, todas intactas, sin cortes ni agujeros de gusano. Las
echó en el mortero una por una. Tomó un puñado de flores de datura y también las echó en el
mortero, en la misma forma deliberada. Conté catorce de cada cosa. Luego sacó un manojo de
vainas frescas, verdes: conserva ban sus espinas y no estaban abiertas. No pude contarlas porque
las echó todas juntas en el mortero, pero supuse que también eran catorce. Añadió tres tallos de
datura, sin hojas. Eran rojos oscuros y estaban limpios y, a juzgar por sus ramificaciones
múltiples, parecían haber pertenecido a unas plantas grandes.
Tras poner en el mortero todos estos ingredientes, los convirtió en una pulpa con los mismos
golpes parejos. En determinado momento inclinó el mortero y con la mano empujó la mezcla a
una olla vieja. Me alargó la mano; pensé que quería que se la secara. En vez de ello, tomó mi
mano izquierda y con un movimiento muy rápido separó los dedos medio y anular tanto como
pudo. Luego, con la punta de su cuchillo, me hirió entre ambos dedos y desgarró hacia abajo la
piel del anular. Actuó con tanta habilidad y rapidez que cuando retraje la mano ésta tenía una
cortada honda, y la sangre fluía en abundancia. Cogió nueva mente mi mano, la puso sobre la
olla y la apretó para forzar la salida de más sangre.
El brazo se me adormeció. Me hallaba en un estado de shock: extrañamente frío y rígido, con
una sensación opre siva en el pecho y en los oídos. Sentí que resbalaba sobre mi asiento. ¡Me
estaba desmayando! Don Juan soltó mi mano y agitó el contenido de la olla. Al recuperarme del
shock, me sentí realmente enojado con él. Tardé bastante tiempo en recobrar la compostura.
Colocó tres piedras en torno al fuego y puso encima la olla. A todos los ingredientes añadió
algo que me pareció ser un gran trozo de cola de carpintero, así como una olla de agua, y dejó
hervir la mezcla. Las plantas de datura tienen, por sí solas, un olor muy peculiar. Combinadas
con la cola, que produjo un fuerte olor cuando la mezcla empezó a hervir, creaban un vapor tan
acerbo que yo debía contenerme para no vomitar.
La mezcla hirvió largo rato mientras seguíamos inmóviles, sentados frente a ella. A ratos,
cuando el viento llevaba el vapor en mi dirección, la pestilencia me envolvía, y yo aguantaba el
aliento en un esfuerzo por evitarla.
Don Juan abrió su morral y sacó la figurilla; me la dio cuidadosamente y me indicó ponerla en
la olla sin quemarme las manos. La dejé resbalar suavemente hacia la papilla hirviente. El sacó
su cuchillo, y por un segundo creí que iba a cortarme de nuevo; en vez de ello, empujó la
figurita con la punta del cuchillo y la hundió.
Observó la papilla hervir durante un rato más, y luego empezó a limpiar el mortero. Lo ayudé.
Cuando terminamos, puso contra la cerca el mortero y la mano. Entramos en la casa, y la olla
quedó toda la noche sobre las piedras.
Al amanecer, don Juan me dio instrucciones de sacar la figurilla de la goma y colgarla del
techo mirando hacia el este, para que se secara al sol. A mediodía estaba tiesa como alambre. El
calor había sellado el pegame nto, y el color verde de las hojas se había mezclado con él. La
figurilla tenía un acabado brillante, extraño. Don Juan me pidió descolgarla. Luego me dio un morral pequeño que había hecho con una
vieja chaqueta de ante que yo le llevé tiempo atrás. El morral era igual al que él mismo tenía. La
única diferencia era que el suyo era de cuero café suave.
-Mete tu "imagen" en el morral y ciérralo -dijo,
No me miraba, y deliberadamente mantenía apartado el rostro. Una vez que tuve la figurilla
dentro del morral me dio una red para cargar y me indicó poner allí la olla de barro.
Caminó hasta mi coche, me quitó a red de las manos y la ató a la tapa abierta del
compartimiento de guantes.
-Ven conmigo -dijo.
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