01 las enseñanzas de don juan carlos castaneda.pdf


Vista previa del archivo PDF 01-las-ensenanzas-de-don-juan-carlos-castaneda.pdf


Página 1...11 12 13141598

Vista previa de texto


De cualquier modo, era demasiado tarde para irme. Me senté, estiré las piernas hacia atrás y
volvía comenzar desde el principio.
Durante esta ronda atravesé rápidamente cada lugar, pa sando por el sitio de don Juan, hasta el
final del piso, y luego viré para cubrir el lado exterior. Al llegar al centro advertí que otro
cambio de coloración estaba ocurriendo de nuevo en el borde de mi campo de visión. El color
verdoso pálido percibido en toda el área se convertía, en cierto sitio a mi derecha, en un
verdigrís nítido. Permaneció un momento y luego se metamorfoseó súbitamente en otro matiz
fijo, distinto del que yo había percibido antes. Me quité un zapato para marcar el punto, y seguí
rodando hasta cubrir el suelo en todas las direcciones posibles. No hubo ningún otro cambio de
coloración.
Volví al punto indicado por mi zapato y lo examiné. Quedaba a metro y medio o poco más del
sitio indicado por mi chaqueta, aproximadamente en dirección sureste. Ha bía una piedra grande
junto a él. Estuve tendido allí un buen rato, tratando de descubrir pistas, observando cada
detalle, pero no sentí nada diferente.
Decidí probar el otro sitio. Rápidamente giré sobre mis rodillas, y estaba a punto de acostarme
en la chaqueta cuando sentí una aprensión insólita. Era más bien como la sensación física de
que algo empujaba mi estómago. Me levanté de un salto, retrocediendo con el mismo impulso.
El cabello de mi nuca se erizó. Mis piernas se habían arqueado ligeramente, mi tronco estaba
echado hacia adelante y mis brazos se proyectaban rígidamente frente a mí, con los dedos
contraídos como garras. Advertí la extraña postura, y mi sobresalto aumentó.
Retrocediendo involuntariamente, tomé asiento en la piedra junto a mi zapato. De allí me dejé
resbalar al suelo. Intenté aclarar qué cosa había podido ocurrir para producirme tal susto. Pensé
que debía haber sido mi fatiga. Ya casi era de día, Me sentí ridículo y confuso. Sin embargo, no
tenía modo de explicar qué cosa me asustó, ni había descubierto lo que deseaba don Juan.
Resolví hacer un último intento. Me levanté, me acerqué despacio al lugar marcado por mi
chaqueta, y de nuevo sentí la misma aprensión. Esta vez hice un vigoroso esfuer zo por
dominarme. Tomé asiento y luego me arrodillé para tenderme boca abajo, pero no pude
acostarme pese a mi voluntad. Puse las manos en el suelo. Mi aliento se aceleró; se me revolvió
el estómago. Tuve una clara sensación de pánico y luché por no salir corriendo, Pensé que tal
vez don Juan me vigilaba. Lentamente repté de regreso al otro sitio y apoyé la espalda contra la
piedra. Quería descansar un rato para poner en orden mis ideas, pero me quedé dormido.
Oí a don Juan hablar y reír por encima de mi cabeza. Desperté.
-Hallaste el sitio -dijo.
Al principio no entendí, pero él me aseguró de nuevo que el lugar donde me había quedado
dormido era el sitio en cuestión. Una vez más preguntó qué sentía allí tendido. Le dije que en
realidad no advertía ninguna diferencia.
Me pidió comparar mis sensaciones en aquel momento con lo que había sentido al yacer en el
otro sitio. Por vez primera se me ocurrió conscientemente que me era imposible explicar mi
aprensión de la noche anterior, Don Juan me instó, con una especie de actitud de reto, a
sentarme en el otro sitio.
Por algún motivo inexplicable, yo tenía miedo a ese lugar, y no me senté en él. Don Juan
aseveró que sólo un tonto podía dejar de ver la diferencia.
Le pregunté si cada uno de los dos lugares tenía un nombre especial. Dijo que el bueno se
llamaba el sit io y el malo el enemigo; dijo que estos dos lugares eran la clave del bienestar de
un hombre, especialmente si buscaba conocimiento. El mero acto de sentarse en el sitio propio
creaba fuerza superior; en cambio, el enemigo debilitaba e incluso podía causar la muerte. Dijo
que yo había repuesto mi energía, dispendiada la noche anterior, echando una siesta en mi sitio.
También dijo que los colores percibidos por mí en asocia ción con cada sitio específico tenían
el mismo efecto general de dar fuerza o de reducirla.
13