01 las enseñanzas de don juan carlos castaneda.pdf


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Me acosté de espaldas y puse las manos bajo la cabeza a manera de almohada. Luego rodé y
permanecí un rato sobre mi estómago. Repetí este proceso rodando por todo el piso. Por
primera vez me pareció haber tropezado con un vago criterio. Sentía más calor acostado de
espaldas.
Rodé nuevamente, ahora en dirección contraria, y otra vez cubrí el largo del piso, yaciendo
boca abajo en los sitios donde estuve boca arriba en mi primera gira rodante. Expe rimenté las
mismas sensaciones de tibieza y frío según la postura, pero no diferencia entre los sitios.
Entonces se me ocurrió una idea que creí brillante: ¡el sitio de don Juan! Me senté allí y luego
me acosté, boca abajo al principio y después de espaldas, pero el lugar era igual a los otros. Me
levanté. Estaba harto. Quería despedir me de don Juan, pero no me atrevía a despertarlo. Miré
mi reloj. ¡Eran las 2 de la mañana! Había estado rodando durante seis horas.
En ese momento don Juan salió y rodeó la casa para ir al chaparral. Regresó y se detuvo junto
a la puerta. Me sentía completamente abatido, y quise decirle algo desagradable y marcharme.
Pero me di cuenta de que no era culpa suya; yo mismo había querido prestarme a todas esas
tonterías. Le declaré mi fracaso: llevaba toda la noche rodando en el suelo, como un idiota y
aún no podía hallar pies ni cabeza a la adivinanza.
Don Juan rió y dijo que eso no lo sorprendía, porque yo no había procedido, correctamente.
No había usado los ojos. Eso era cierto, pero yo estaba muy seguro de que él me había indicado
sentir la diferencia. Señalé esto, y él arguyó que es posible sentir con los ojos, cuando no están
mirando de lleno las cosas. En mi propio caso, dijo, no tenía yo otro medio de resolver el
problema que usar cuanto tenia: mis ojos.
Entró en la casa. Tuve la certeza de que me había obser vado. No tenía, pensé, otra forma de
saber que yo no había estado usando los ojos.
Empecé a rodar de nuevo, porque ése era el procedimiento más cómodo. Esta vez, sin
embargo, apoyé la barbilla en las manos y miré cada detalle.
Tras un intervalo cambió la oscuridad en torno mío. Mientras enfocaba el punto directamente
frente a mí, toda la zona periférica de mi campo de visión adquirió una coloración brillante, un
amarillo verdoso homogéneo. El efecto fue pasmoso. Mantuve los ojos fijos en el punto frente a
mí y empecé a reptar de lado, boca abajo, trecho por trecho.
De pronto, en un punto cercano a la mitad del piso, advertí otro cambio de color. En un sitio, a
mi derecha, aún en la periferia de mi campo de visión, el amarillo verdoso se hacía
intensamente púrpura. Concentré allí la atención. El púrpura se desvaneció en un color pálido,
pero brillante todavía, que permaneció estable mientras detuve en él mi atención.
Marqué el sitio con mi chaqueta y llamé a don Juan. Salió al zaguán. Yo estaba realmente
excitado; había visto claramente el cambio de matices. Don Juan no pareció impresio narse, pero
me indicó sentarme en el sitio e informarle de qué clase de sensación era aquélla.
Tomé asiento y luego me tendí de espaldas. En pie junto a mí, don Juan preguntó
repetidamente cómo me sentía, pero yo no experimenté nada diferente. Durante unos quince
minutos traté de sentir o ver una diferencia, mientras don Juan aguardaba paciente junto a mí.
Me sentí fastidiado. Tenía un sabor metálico en la boca. De un momento a otro me dolía la
cabeza. Estaba a punto de vomitar. La idea de mis esfuerzos absurdos me irritaba hasta la furia.
Me levanté.
Don Juan debió notar mi profunda amargura. No rió: dijo con mucha seriedad que, si quería
yo aprender, debía ser inflexible conmigo mismo. Sólo una opción me estaba abierta, dijo:
renunciar y marcharme, caso en el cual jamás aprendería, o resolver la adivinanza.
Entró de nuevo. Yo quería irme en el acto, pero me ha llaba demasiado cansado para conducir;
además, el percibir los colores había sido tan asombroso que yo no vacilaba en considerar
aquello como un criterio de algún tipo, y acaso pudieran percibirse otros cambios.

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