01 las enseñanzas de don juan carlos castaneda.pdf

Vista previa de texto
enseñanza. Era casi una pregunta de rutina y esperaba que él volviese a negarse. Le pregunté si
había alguna forma de aceptar mi solo deseo de saber, como si yo fuera indio. Tardó un rato
largo en responder. Me sentí obligado a quedarme, porque don Juan parecía estar tratando de
decidir algo.
Finalmente me dijo que había una forma, y procedió a delinear un problema. Señaló que yo
estaba muy cansado sentado en el suelo, y que lo adecuado era hallar un "sitio" en el suelo
donde pudiera sentarme sin fatiga. Yo tenía las rodillas contra el pecho y los brazos enlazados
en torno a las pantorrillas. Cuando don Juan dijo que yo estaba cansado, advertí que me dolía la
espalda y me hallaba casi exhausto.
Esperé su explicación con respecto a lo de un "sitio", pero don Juan no hizo ningún intento
abierto de aclarar el punto. Pensé que acaso quería indicarme cambiar de posición, de modo que
me levanté y fui a sentarme más cerca de él. Don Juan protestó por mi movimiento y recalcó
claramente que un sitio significaba un lugar donde uno podía sentirse feliz y fuerte de manera
natural. Palmeó el lugar donde se hallaba sentado y dijo que ése era su sitio, añadiendo que me
había puesto una adivinanza: yo debía resolverla solo y sin más deliberación.
Lo que él había planteado como un problema que ha de ser resuelto era ciertamente una
adivinanza. Yo no tenía idea de cómo empezar, ni idea de lo que él tenía en mente. Varias veces
pedí una pista, o al menos un indicio, sobre cómo proceder a la localización de un punto donde
me sintiera feliz y fuerte. Insistí y argumenté que no tenía la menor idea de qué quería decir él
en realidad, porque no me era posible concebir el problema. El me sugirió caminar por el
zaguán, hasta hallar el sitio.
Me levanté y empecé a recorrer el suelo. Me sentí ridículo y fui a sentarme frente a don Juan.
El se enojó mucho conmigo y me acusó de no escuchar, diciendo que acaso no quisiera
aprender. Tras un rato se calmó y me explicó que no cualquier lugar era bueno para sentarse o
para estar en él, y que dentro de los confines del zaguán había un único sitio donde yo podía
estar en las mejores condiciones. Mi tarea consistía en distinguirlo entre todos los demás
lugares. La norma general era "sentir" todos los sitios posibles a mi alcance hasta determinar sin
lugar a dudas cuál era el sitio correspondiente.
.Argüí que, si bien el zaguán no era demasiado grande (3.5 X 2.5 metros), el número de sitios
posibles era avasallador, que requeriría un tiempo muy largo para probarlos todos y que como él
no especificaba el tamaño del sitio, las posibilidades podían ser infinitas. Mis argumentos
resultaron fútiles. Don Juan se puso en pie y, con mucha seve ridad, me advirtió que resolver el
problema tal vez requirie ra días, pero de no resolverlo daba igual que me marchara, porque él
no tendría nada que decirme. Recalcó que él sabía dónde era mi sitio, y que por tanto yo no
podría mentirle; dijo que sólo en esta forma le sería posible aceptar como razón válida mi deseo
de aprender los asuntos del Mescalito. Añadió que nada en este mundo era un regalo: todo
cuanto hubiera que aprender debía aprenderse por el camino difícil.
Dio vuelta a la casa para ir a orinar en el chaparral. De regreso entró directamente en su casa
por la parte trasera.
Pensé que la misión de hallar el supuesto sitio de felicidad era su propio modo de deshacerse
de mí, pero me levanté y empecé a pasear de un lado a otro. El cielo estaba claro. Podía ver
cuanto había en el zaguán y sus inmediaciones. Debí de caminar una hora o más, pero no
ocurrió nada que revelase la ubicación del sitio. Me cansé de andar y tomé asiento; tras unos
cuantos minutos me senté en otro lugar, y luego en otro, hasta cubrir todo el piso en forma
semisistemática. Deliberadamente procuraba "sentir" diferencias entre lugares, pero carecía de
criterio para la diferenciación. Sentí que estaba perdiendo el tiempo, pero me quedé. Mi
racionalización fue que había venido de lejos sólo para ver a don Juan, y en realidad no tenía
otra cosa que hacer.
11
