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que calculó que ya lo habrían detectado. Accedió a los controles de propulsión y reguló el
propulsor izquierdo que estaba dañado al 18 por ciento de potencia, y el propulsor derecho al
29 por ciento. Después configuró los sub-propulsores y sobre-propulsores, los del lado derecho
al 2 por ciento y los del izquierdo al 79 por ciento. Perfecto, la nave volaba un poco escorada
pero recta. Cogió la radio y puso la frecuencia abierta de comunicaciones, que era la frecuencia
que debía estar siempre activa en toda nave.
-Nave carguero a nave de combate, ¿me reciben? Tengo un problema con el propulsor
izquierdo, imposible llegar a destino, necesito ayuda, me reciben, cambio.
-Aquí oficial de comunicaciones de la Nave Tardiunt, ¿que problema tiene, cambio?
-Tengo un problema con el propulsor izquierdo, necesito un relé y varios recambios
universales, así como una media hora de estancia atmosférica para sustituirlos.
-Negativo, señor, estamos en misión de combate y no se nos permite recoger ni ayudar
a nadie, lo siento señor.
-¿lo siento? ¿Tu ves alguna nave de combate por aquí aparte de la vuestra? Tengo el
propulsor izquierdo roto, si ustedes no fueran aparecido fuera muerto aquí ya que a duras
penas puedo avanzar recto, ¿y me esta diciendo que no te puedo ayudar, que lo siento? ¡Eso
es un asesinato! (John pensó que estaba haciendo una interpretación muy convincente)
-Lo siento señor, pero...
-Ni pero ni nada (le interrumpió John) Hable con su superior, sólo necesito media hora
de atmósfera y un puto relé. ¡O me lo dan o pongo rumbo de colisión con su nave, ya que si
voy a morir por lo menos ustedes morirán conmigo por no haberme ayudado!
-De acuerdo señor, hablaré con él pero no le garantizo nada, manténgase a la espera
-¿Y donde coño cree que voy a ir? si pudiera irme ya me habría ido.
John casi (solo casi) sintió pena por el joven oficial. Le habían dado órdenes de que nada de
contactos y ahora él le pedía ayuda, iría a ver al oficial superior que después de una increíble
bronca al joven oficial, le daría autorización para entrar por caridad y para que una nave muerta
no empañara (aún más) la política del gobierno. Una vez que le dieran un acceso de seguridad
de media hora ya podía lanzar los dardos a los depósitos de aire y entrar cuando estuvieran
todos dormidos, robar la información, editar toda la seguridad para que pareciera un fallo de
falta de aire, y darle una pastilla olvidadora de seis horas al oficial de comunicaciones. La
respuesta tardó media hora en llegar
-Aquí oficial de comunicaciones de la corbeta Tardiunt, ¿me recibe?
-Aquí nave averiada, le recibo
-Tiene media hora para reparar su nave, le mando los códigos de acceso para el hangar
número cinco.
-Recibido, tardaré unas treinta y dos horas y media en llegar a su posición, muchas gracias.
Recuérdeme que le invite a algo
-Es nuestro deber, señor.
John cortó la comunicación. Activó el cortafuegos que había añadido a la nave (por si no podía
dormirlos a todos por algún motivo); el cortafuegos servía para que la corbeta no pudiera
hackearle los controles de su nave y hacerlo volver (era una práctica muy común en los
ejércitos, tener ejércitos de hacker buscando vulnerabilidades para tomar el control de naves
enemigas y dirigirlas o estrellarlas) Accedió también al generador de escudo que había añadido
a la nave cuando la “compró” y lo activó a la mínima potencia, dejándolo programado para que
en cuanto detectara las armas de la nave enemiga se activara con la máxima potencia.
Después de eso repasó su plan otra vez, cuando estuviera cerca lanzaría los proyectiles
pequeños (que la nave detectaría como polvo espacial y no como ataque), dormiría a todos y
entrar y salir sin ser detectado. En caso de que los depósitos estuviera blindados (cosa poco
habitual), tendría que contentarse con fingir que arreglaba la nave y intentar echar un breve
vistazo. Si veía que la guarnición era débil podría atacarla, aunque prefería que no, en
cualquier caso ya lo vería cuando llegara a la nave. Mientras tanto le quedaban unas horas, así
que se echó hacia atrás y esperó.
A las treinta horas ya divisaba claramente la nave. Tal y como ya sabía era una nave
pequeña, demasiado pequeña y demasiado lejana. Lo que le sorprendió fue ver que le habían
borrado los colores del gobierno, la bandera y cualquier seña que identificara a la nave. No era
la primera vez que el gobierno, en su afán por tener siempre el máximo de naves patrullando
hubiera reparado una nave y no se fueran esperado ni a pintarla para volver a mandarla de
misión, aunque no era habitual. Los colores y la bandera, según decían los anuncios del
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