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punto de apoyo de los patriotas, su centro de unión, y que tendía a dividir todos los corazones, y a
destruir las más queridas esperanzas de todos los que quieren la república con la democracia”.
(Dicho sea de paso, la palabra democracia no está mal, saliendo de la pluma de los señores Réal y
Méhée, si no fuera porque se contradice un poco pronunciar esa palabra y decirse amigo de la
constitución del 95).
Louvet y su Sentinelle, conjuntamente con el Correo de París, son sin duda los primeros campeones
del gobierno, ya que la existencia de uno está esencialmente ligada a su conservación, y que el otro
ha hecho de él un gran elogio en uno de sus últimos No. 8. Y el Correo de París y Louvet dicen: el
primero, “que es necesario que el pueblo vigile sobre sus amigos, sobre sus nuevos tribunos”; el
segundo: “que yo soy un hábil impostor que, como Marat y Robespierre me disfrazo de terrorista,
para mejor servir a los realistas”.
No se le puede discutir al Journal des Français y al de Perlet, el título de defensores de la realeza,
ya que uno ha mostrado sus méritos en calidad de sucesor del abate Poncelin, y que el otro dice
también en su hoja del 20 Brumario, “que Louvet debería reservar algo de su odio para los
terroristas, sustrayéndolo de aquel que guarda para los realistas, de los que su imaginación
multiplica el número en exceso”. Y Perlet dice con motivo de mi número, “que hay que abrir los
ojos sobre los peligros que nos amenazan”. El Diario de los Franceses, de su lado, advierte: “que
los Tribunos del Pueblo, los Amigos del Pueblo, los Oradores Plebeyos, agitan tanto como quieren
los elementos con los cuales se remueve a los hombres; lo que hace presagiar una nueva crisis”. 2
En fin, Carlos Duval es el general de los Hombres libres de todos los países. Su designación para
este puesto, data ya de hace ya tiempo; y nadie, por muy valiente que fuera, sería bien recibido si
quisiera disputársela. El empleo equivale al de jefe de los Plebeyos. Yo no sé todavía lo que hay que
hacer para ser bien visto por esta sociedad, ya que Carlos Duval, también, pretende que yo perturbo
el orden civil.
Lo repito, ¿de qué secta soy yo pues? ¿a qué casta pertenezco, si patricios, gubernamentales,
realistas y Plebeyos no me quieren? ¿ Si todos me reprueban y me rechazan igualmente? Me
satisface en relación con los tres primeros, pero estaba yo tan orgulloso de haber ganado un lugar
distinguido en el último; me parecía garantizado por el apoyo de la masa, y por mi tan prolongada
proscripción... ¿ Quién ha podido quitármelo? ¿Qué es lo que he hecho? Aún... si no hubiera más
que Carlos Duval que quisiera rechazarme... Pero el coronel parece apoyarse en una parte de los
soldados. Dos cartas que citaré, más tarde, son pruebas importantes que me lo confirman.
Por divulgar estas pruebas, seré tratado otra vez, de imprudente, y acusado de traición quizá por
haber descubierto el más íntimo secreto de los patriotas; o al menos de los que tal se consideran.
¡Ah, que son simples los patriotas!... ¿Cuál es pues este tan importante secreto que creen poseer?
Que me maten si no les demuestro que no tienen ninguno, y que es su aire de tenerlo lo que nos
hace todo el mal que sufrimos.
He aquí la gran malicia de esa buena gente patriota.
Van por ahí hablando alto y creyendo que hablan bajo, en los cafés, en los grupos, en otros lugares
de reunión. Dicen en presencia de espías, de soplones que no dejan de aparecer como ultrapatriotas,
dicen lo siguiente: “Es necesaria la táctica; es necesario que los patriotas sepan ser políticos. Bien
sabemos que todos los derechos del pueblo son usurpados o violados; bien sabemos que es
avasallado y desgraciado. Pero no podemos salvarle más que gradualmente. Hagamos como que
damos nuestro asentimiento al gobierno usurpador. Le adormeceremos de este medio; pero
conservaremos contra él nuestra segunda intención. Trataremos de aumentar nuestro partido,
ganando de nuevo a la opinión pública, y cuando seamos bastante fuertes, nos lanzaremos sobre los
fautores de opresión”. Todo esto se dice sin creer ser escuchado; sin embargo, es el secreto a voces:
2El Orador Plebeyo, escandalizado sin duda, o espantado de encontrarse comprometido, se ha apresurado prudentemente a dar a luz
prematuramente, y a apartar toda sospecha, el 21 Brumario, en su primer número que no debía aparecer sino el 1º Frimario, de
identidad de doctrina conmigo. Volveremos a ello dentro de poco.