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No voy a hacerme tan pesado con el señor Méhée, anteriormente ciudadano Felhémési,
anteriormente caballero de la Touche, anteriormente digno secretario de su alteza el príncipe de
Salm. Suficiente será decirle, a este hombre grande y gordo, que no debe jamás poner en duda lo
que existe de hecho. Todo el mundo sabe que no es medio monárquico y chuán; que después de
Frerón, fue constantemente la segunda trompeta desde el 9 Termidor, y que él y su digno colega
Réal, estos hombres que se valen el uno al otro, no han dejado de sumarse a ellos, puesto que se
asegura que Réal acaba de ofrecerse como defensor de Cormatin, como hace tiempo, se había
ofrecido al espectador francés Delacroix. Todo el mundo sabe que el detestable Méhée, que
encuentra detestable mi número anterior, antes de mi proscripción, me atacaba encarnizadamente en
su Ami des citoyens por Tallién; y que mientras proclamaba en él este principio, extraído de
Loustalot, del que había hecho su epígrafe: “Es necesario, para la felicidad de los individuos, el
mantenimiento de la constitución y de la libertad, que haya guerra irreconciliable entre los escritores
y los representantes del poder ejecutivo”; tomaba contra mí la defensa del ejecutivo, contra quien,
en efecto, yo aún hacía la guerra. Todo el mundo está bien convencido de que Méhée, jefe y corifeo
de los chuanes y de los monárquicos, no dice la verdad cuando afirma que si fuera monárquico y
chuan haría lo que yo hago. Yo digo que sin duda no dejaría de hacerlo si pensara tener éxito.
Iros a paseo, Jacquin de la calle Nicasia, ya no tengo tiempo de escucharos ni de refutaros. No sois
más que una copia grotesca de aquellos a quienes acabo de dar audiencia; no valéis ni la pena de
que os reciba en privado. Tomad de cuanto les he dicho los que queráis...
Estaba en este momento de mi manuscrito, cuando los periódicos del 18, 19 Y 20 Brumario me
cayeron en las manos y me enteraron de que todas las sectas de periodistas, los ministeriales, los
patricios, los monárquicos, me injurian a la vez. ¡Qué bacanal, qué horrible escándalo!... ¿Cómo es
posible que haya chocado a la vez a los patriotas y al millón dorado? ¿al gobierno y a los amigos del
rey? ¿De qué religión soy yo? Esto es lo que a los diferentes partidos les cuesta definir.
Mientras el funcionario Louvet se hace escribir de Versalles una carta en donde se me acusa de
jacobinismo y de monarquismo, él mismo, a la mañana siguiente, diserta para concluir, casi, casi,
que en efecto tengo cierto aire de realista. Robespierre y Marat lo eran, asegura, y yo no soy más que
su émulo. Réal y Méhée son del mismo parecer, y sin embargo no están de acuerdo entre ellos. El
18 me sitúan al lado de Richer-Sérizy, y me hacen tan peligrosos como aquél, y el 20 ya no soy más
que una imaginación delirante y furiosa, cuyo estilo mismo ya no presenta más que asperezas,
pesadeces y trivialidades. Mis expresiones están llenas de impropiedades chocantes, como si yo
hubiera aspirado jamás al purismo, al lenguaje académico o de buena compañía, como el Señor
Caballero Méhée de la Touche. ¿Qué importancia tendría, si yo pudiera salvar al pueblo, el que
parezca haya maltratado a la sintaxis, el que yo le haya hecho comprender la verdad con la jerga del
barrio Marceau?... El ciudadano Louvet, no me humilla tanto primero, ya que me presenta con
rasgos de hábil impostor, que, ocupándose en escribir para la multitud, no parece ser del todo
incapaz; pero termina, no obstante, incierto, sin saber si estoy o no loco.
¡Cuántos apuros! ¡Cuántas dudas! ¡Cuánta incertidumbre para pronunciarse sobre un hombre que ya
se ha hecho conocer..., cuya persecución ruidosa tuvo un motivo que nadie ignoró..., y que no
predica más que la misma doctrina que le mereció esta persecución!
¡Demócratas!... ¿no recordáis ya que me había comprometido solemnemente a observar este gran y
útil precepto: Que aquel que usurpe la soberanía sea al instante condenado a muerte?...
Sí, es verdad, pero...

Conozco todo lo que queréis decir. Dejadme algunos meses antes de daros la respuesta.
Una vez más quiero hacer observar la extraña concordancia con que los intérpretes de los cuatro
partidos que existen en Francia y se han pronunciado, me condenan y me acusan de sembrar la
división en el Estado. Vamos a ver esta identidad de opinión entre todos los sectarios.
Réal y Méhée son incontestablemente los sostenedores del patriciado; lo han probado, sobradamente
por su fidelidad constante hacia las gentes honestas. Y Méhée y Réal han dicho: “que yo atacaba el